Mortificar el pecado
La palabra mortificar ha sido traducida al español como “matar”, “hacer morir” y “amortiguar”. La palabra es usada en distintas formas en el español, por ejemplo, a veces significa: Negarse a gratificar (cumplir) un deseo. En su uso simbólico significa molestar, fastidiar o amargar la vida. En su uso bíblico, esta palabra significa: Quitar la fuerza, la vitalidad y el poder de algo a fin de que muera. La palabra incluye la idea de debilitar por falta de alimento o hacer morir de hambre; o privar de la comida o alimento. Esta es la idea que vemos en Romanos 13: 14 que dice: “no proveáis para los deseos de la carne”, en la Versión actualizada se traduce como: “No hagáis provisión para satisfacer los malos deseos de la carne”, En otras palabras, debemos acabar con cualquier cosa en nuestras vidas que sirva como “comida” para alimentar la naturaleza pecaminosa. No debemos proporcionarle ninguna cosa que le fortalezca o que le ayude a tener fuerza, poder y vitalidad.
En el Nuevo Testamento la mortificación del pecado se describe en términos de una crucifixión. (Romanos 6:6; Gálatas 2:20, 5:24 y 6: 14). La figura es la de una muerte lenta, gradual y dolorosa provocada por la privación. También la mortificación es descrita en términos de violencia, la idea es de hacer “violencia santa” contra el enemigo de nuestras almas. Las palabras de Cristo en Marcos 9:43-47 “córtalo” y “sácalo” corroboran esta idea. También las palabras de Pablo en I Corintios 9:26-27, “pongo mi cuerpo bajo disciplina y lo hago obedecer” nos hablan no de violencia física sino espiritual en contra del pecado. Además, las palabras en I Pedro 2:11 también nos hablan de violencia espiritual: ”Amados, yo os ruego como á extranjeros y peregrinos, os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma”. El pecado lucha y pelea para preservar su propia vida. La frase “violencia espiritual” es muy apropiada porque no es fácil matar a un enemigo que lucha y se encuentra en peligro. “Todos aquellos que piensan acabar con el pecado con unos cuantos ‘golpes ligeros’ se equivocan, porque fracasarán y terminarán siendo muertos por este enemigo.”
La regeneración asegura que los creyentes no pueden continuar viviendo bajo el control del pecado, pero no significa la aniquilación o la destrucción de las raíces del pecado en su corazón. La regeneración no aniquila ningún pecado sino que más bien produce un cambio en nuestra relación con todo pecado. El apóstol Pablo es un ejemplo de esta realidad. Vemos en su vida que algunos pecados fueron mortificados en el momento de su nacimiento nuevo (por ejemplo, su odio hacia los gentiles y cristianos). Otros pecados fueron debilitados por la regeneración (Romanos 7:15-25) y algunos permanecieron con mucha fortaleza (II Corintios 12:7-10 su lucha continua contra el orgullo)
Aunque la muerte del creyente al pecado fue comprada y asegurada por la muerte de Cristo en su lugar (Romanos 6:2), sin embargo, la mortificación del pecado sigue siendo todavía el deber cotidiano del creyente. Aunque hemos recibido la promesa de una victoria completa cuando fuimos convertidos al principio, (a través de la convicción de pecado, humillación por pecado y la implantación de un nuevo principio de vida que es opuesto y destructivo para el pecado) el pecado permanece en el creyente. El pecado es activo en todos los creyentes, aún en los mejores creyentes mientras que vivan en este mundo. Por lo tanto, la mortificación continua, día tras día, es esencial a lo largo de toda su vida.
El mal de no tomar en serio el pecado
Una persona puede hablar acerca del pecado y decir que es algo muy malo; no obstante, si esa persona no mortifica diariamente su propio pecado, quiere decir que no lo está tomando en serio. La causa principal de la falta de mortificación del pecado es que el pecado sigue adelante sin que la persona se percate de ello.
Alguien que sostiene la idea de que la gracia y la misericordia divinas le permiten pasar por alto sus pecados cotidianos, está muy cerca de convertir la gracia de Dios en un pretexto para pecar, y de ser endurecido por el engaño del pecado. No hay una evidencia más grande de un corazón falso y podrido que esto. Lector, tenga cuidado de tal rebelión. Esto solamente puede conducirle al debilitamiento de su fortaleza espiritual, si no es que a algo peor: la apostasía y el infierno. La sangre de Cristo es para purificarnos (I Juan 1:7; Tito 2: 14), no para consolarnos en una vida de pecado. La exaltación de Cristo debería conducirnos al arrepentimiento (Hechos 5:31) y la gracia de Dios debe enseñarnos a decir no a la impiedad (Tito 2:11-12).
La Biblia habla de personas que abandonan la iglesia porque nunca pertenecieron realmente a ella (I Juan 2:19). La forma en que esto ocurre a muchas de estas personas es más o menos como sigue: Ellas estaban bajo convicción por algún tiempo y esto les condujo a hacer ciertas obras y a profesar la fe en Cristo. Ellos se apartaron de las contaminaciones del mundo por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo (II Pedro 2:20). Pero, después de que conocieron el evangelio se cansaron de sus deberes espirituales. Puesto que sus corazones nunca habían sido realmente cambiados, ellos se permitieron a sí mismos, descuidar varios aspectos de la enseñanza bíblica acerca de la gracia. Una vez que este mal hubo atrapado sus corazones, fue solamente cuestión de tiempo hasta que se hundieron en el camino que conduce al infierno. (Es decir, se convirtieron en apóstatas.)
Una influencia que endurece a otros
Una persona que no mortifica en sí misma el pecado no puede ser preservada de caer abiertamente en la apostasía, y no obstante al mismo tiempo ejerce una influencia doble sobre otras personas:
Cuando los inconversos pueden ver tan poca diferencia entre sus propias vidas y la de una persona que profesa el cristianismo pero que no mortifica sus pecados, entonces no ven ninguna necesidad de ser convertidos. Ellos observan el celo religioso de dicha persona, pero también observan su impaciencia con aquellos con quienes no está de acuerdo. Ellos observan sus muchas inconsistencias. Ellos ven que en algunas cosas se separa del mundo, pero se fijan más en su egoísmo y su falta de esfuerzo para ayudar a otros. Ellos escuchan su conversación espiritual y sus reclamos de tener comunión con Dios; pero todo es contradicho por su conformidad a los caminos del mundo. Ellos escuchan su jactancia de que sus pecados han sido perdonados, pero también se fijan en su falla de no perdonar a otros. Entonces, observando la pobre calidad de vida de tal persona, se endurecen en sus corazones contra el cristianismo y concluyen que sus vidas son tan buenas como las de cualquier “creyente”.
Por otro lado, otros pueden tomar a tal persona como un ejemplo de un cristiano y asumir que, debido a que pueden imitar su ejemplo o mejorarlo, por lo tanto ellos también podrían considerarse como cristianos. En esta forma tales personas son engañadas y piensan que son cristianos cuando en realidad no poseen la vida eterna.
Apartes tomados del libro LA MORTIFICACIÓN DEL PECADO del puritano JOHN OWEN
1.
Qué hermoso es que en la hora de la mañana, el lazo que nos une a Dios sea firmemente amarrado, de tal manera que durante las horas que tengamos que movernos en la prisa de los hombres o de las obligaciones, y podamos escasamente pensar en Dios, el alma pueda ser guardada pura y estar a salvo.
La manera en que entendemos la persona y el carácter de Dios el Padre afecta cada aspecto de nuestras vidas. Afecta más de lo que nosotros normalmente llamamos el aspecto “religioso” de nuestras vidas. Si Dios es el Creador del universo entero, entonces El es el Señor de todo el universo. Ninguna parte del mundo se escapa de su señorío. Estos significan que ninguna parte de mi vida debe estar fuera de su señorío. Su carácter santo tiene algo que decir acerca de la economía, la política, los deportes, el romance, todo en lo cual estamos involucrados. No podemos escaparnos de Dios. No hay lugar que nos pueda esconder de El. El no sólo penetra cada aspecto de nuestras vidas, pero penetra en su majestuosa santidad. Por eso tenemos que buscar entender qué es la santidad. No nos atrevamos a evadir este tema. No puede haber adoración y crecimiento espiritual ni verdadera obediencia sin ello. Esto define nuestra meta como cristianos. Dios ha declarado, “Sed santos porque yo soy santo” (Levítico 11:44).
Uno de nuestros problemas básicos es la confusión de la justicia con la misericordia. Vivimos en un mundo donde suceden las injusticias. En algún momento, todos hemos sido víctimas de injusticias a manos de otras personas. La gente se relaciona una a la otra con injusticia. Una cosa es cierta: no importa cuanta injusticia haya yo recibido de manos de otra persona, yo nunca he sufrido la más mínima injusticia de la mano de Dios. Supongamos que una persona me acusa falsamente de robar dinero, y soy arrestado y llevado a la prisión. Humanamente he sido víctima de una gran injusticia y tengo todo el derecho de clamar a Dios y pedirle reivindicación en este mundo. Puedo quejarme de haber sido perseguido falsamente. Dios está airado con la gente que me ha puesto injustamente en la prisión y promete reivindicarme algún día.
Las tres traducciones más usadas por cristianos evangélicos son: La Reina Valera1960, La Nueva Versión Internacional y la Biblia de Las Américas.
Una mala costumbre es usualmente conectada con creencias y actitudes erróneas. No debemos querer cambiar la costumbre solamente porque es vergonzoso, caro, no saludable, o porque nos hace sentir culpable – sino debemos desear el más grande propósito de Dios para que estemos satisfechos. Hasta que tratemos con las creencias erróneas que debilitan nuestra resistencia a la mala costumbre, solamente tendremos éxito limitado en superarlo.
1. No busquemos nuestros propios intereses, sino aquello que complace al Señor y contribuye a promover su gloria. Hay una gran ventaja en olvidarnos prácticamente de nosotros mismos y en dejar de lado todo aspecto egoísta; pues así podemos enfocar nuestra devota atención a Dios y Sus mandamientos. Cuando la Escritura nos dice que descartemos todas las consideraciones personales y egoístas, no sólo excluye de nuestras mentes el deseo de riquezas de poder y el favor de los hombres, sino que también hace desvanecer de nuestra imaginación las falsas ambiciones, los apetitos por la gloria humana y otras maldades secretas. Todo creyente debe tener el deseo ferviente de contar con Dios para cada momento de su vida.
1. La ley divina contiene un plan adecuado y ordenado para la regulación de nuestra vida; pero nuestro Padre celestial ha querido dirigir a los hombres por medio de un principio clave excelente. Es el deber de todo creyente presentar su cuerpo como un sacrificio vivo, santo, aceptable a Dios, como indica la Escritura. En esto consiste la verdadera adoración. El principio de la santidad nos lleva a la siguiente exhortación: “No os adaptéis a las formas de este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestra mente, para que comprobéis cuál es la voluntad de Dios; lo bueno, lo que le agrada, y lo perfecto” (Romanos 12:2). Es muy importante que estemos consagrados y dedicados al Señor, pues eso significa que pensamos, hablamos, meditamos o hacemos cualquier cosa teniendo como motivo principal la gloria de Dios. Recordemos que aquello que es sagrado no puede aplicarse a usos impuros sin cometer una seria injusticia y agravio a Dios.