EL “PRECIO” DE LA SALVACIÓN

Publicado: febrero 4, 2009 en EVANGELIO VERDADERO, JOHN MACARTHUR, SALVACIÓN, VIDA CRISTIANA

“La iglesia contemporánea comete frecuentemente el error de no presentar el evangelio con claridad suficiente para que los no elegidos lo rechacen”.

John MacArthur

El evangelio que nuestro tiempo ha hecho popular es como un dulce, diseñado más para complacer a los pecadores que para convertirlos; en contraposición, Jesús, hizo retroceder aún a los buscadores más entusiastas.

Juan 6:66-67  “Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él. Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros?”

Jesús hacía repetidamente demandas difíciles: negarse a sí mismo y dejar todo para seguirlo. Nunca dio esperanzas de salvación a alguien que rehusara someterse a su soberano señorío.

Marcos 8:34-37  “Y llamando a la gente y a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará. Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?”

Algunos han tratado de suavizar la demanda interpretándola como un llamamiento a las personas salvas para que den un paso más en su dedicación, pero este es un significado equívoco. Renunciar a uno mismo a causa de Cristo no es un paso opcional, es una prueba de fe, un cambio completo de todo lo que somos por todo lo que él es.

 Mateo 13:44-46  “Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo. También el reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas,  que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró.”

Estas parábolas señalan que un pecador que entienda la gran riqueza del reino, entregará gustoso todo lo que aprecie a fin de obtenerlo; y los que se aferran a sus tesoros terrenales, pierden la riqueza superior del reino.

perlaAl relacionar estas parábolas, Jesús, confrontó las presuposiciones de los judíos, quiénes creían estar destinados a entrar al reino de Dios a causa de su linaje. El Señor les advirtió que no dieran por sentado pertenecer al reino. Nadie entra de forma automática. Es sólo para quienes se dan cuenta de su inmenso valor y están dispuestos a sacrificarlo todo para obtenerlo.

La riqueza del reino de los cielos no tiene comparación con nada en la tierra. Es incorruptible, inmaculado e infinito. Su valor excede al de los más ricos tesoros del mundo, y al igual que el tesoro escondido en el campo, las multitudes pasan sobre él sin darse cuenta que está allí.

1 Corintios 2:9-14  “Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual. Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.”

Si las cosas son locura para la sabiduría humana, y ajenas a su ojo, oído y corazón, ¿cómo se pueden percibir las realidades del reino? Dios, a través de su Espíritu, abre nuestros corazones para comprender el valor inconcebible de las riquezas y bendiciones de su reino. Sacrificar nuestras posesiones por algo más grande no será nada, considerado con la riqueza recién hallada. Renunciar a todo, es un precio que merece ser pagado con gozo por tan inmensa riqueza.

Para la mente no regenerada, el sólo pensamiento de abandonarlo todo por Cristo resulta ridículo e imposible. Pero un corazón creyente se rinde al Maestro con gran gozo. La liberación del pecado y las bendiciones sin fin de la vida eterna, exceden al costo de someterse a la autoridad divina.

Filipenses 3:7-8  “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo”

 

EL COSTO REAL DE LA SALVACIÓN

Seamos ciudadanos del Reino de Dios

Seamos ciudadanos del Reino de Dios

¿Debemos literalmente venderlo todo y hacer voto de pobreza antes de ser salvos? No. Estas parábolas no enseñan que los pecadores deban desprenderse de sus pecados antes de acudir a Cristo. Lo que significa es que la fe que salva, no se reserva ningún privilegio. No se aferra a ningún pecado favorito, tesoro, o autoindulgencia secreta. Es una rendición incondicional. El deseo de hacer todo lo que el Señor demande.

LA SALVACIÓN Y LA VIDA ETERNA SON DONES GRATUITOS (Efesios 2: 8-9; Romanos 6: 23). No pueden ganarse por medio de obras ni comprarse con dinero. Ya Cristo pagó el precio con su sangre. Pero eso no quiere decir que no haya ningún costo en términos de impacto de la salvación en la vida del pecador. LA SALVACIÓN ES TANTO GRATUITA COMO COSTOSA. La vida eterna causa la inmediata muerte de uno mismo.

De esta manera, en cierto sentido, pagamos el último precio de la salvación, cuando nuestro “yo” pecador es clavado en la cruz. Es la renuncia total a la voluntad propia, como el grano que cae en la tierra y muere a fin de llevar mucho fruto (Juan 12: 24). Es un intercambio de todo lo que somos, por todo lo que es Cristo. Denota obediencia implícita, sumisión completa al que pagó la deuda.

Aunque al inicio, y posiblemente durante un tiempo, no comprendamos completamente esta necesidad de renuncia, un verdadero convertido y salvo, adquiere en sí, por el Espíritu, la voluntad de someterse a Dios. La verdadera fe es obediencia, que se va desarrollando y profundizando, hasta que se despierta el anhelo de entregarlo todo.

 

PIENSE EN EL COSTO

Hay una clara advertencia de Jesús para aquellos que se enlistan sin considerar el costo.

Lucas 14:27-33 “Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo. Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que después que haya puesto el cimiento, y no pueda acabarla, todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, diciendo: Este hombre comenzó a edificar, y no pudo acabar. ¿O qué rey, al marchar a la guerra contra otro rey, no se sienta primero y considera si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil? Y si no puede, cuando el otro está todavía lejos, le envía una embajada y le pide condiciones de paz. Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.”

Visto con los ojos de este mundo, es el precio más alto que se puede pagar. Pero desde el punto de vista del reino, no es en realidad ningún sacrificio.

Adaptación de un fragmento del libro EL EVANGELIO SEGÚN JESUCRISTO de John MacArthur

comentarios
  1. Nilo dice:

    No es necesario querer adjudicarse mérito alguno al ser salvo; la misma palabra “salvación” implica el mérito único del salvador, pues, si una persona es rescatado de un rio revuelto cuando estaba a punto de ahogarse porque no sabía nadar bien; una vez a salvo, no podrá decir arrogantemente a su salvador que fue muy costoso para él ser salvo, ya que tuvo que renunciar a su orgullo al dejarse salvar. lo único que podrá decir es “¡Múchas Gracias!” “¡Te debo mi vida!”

    Eso es lo que corresponde decir al Señor.

  2. […] EL “PRECIO” DE LA SALVACIÓN […]

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