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orarsiempre“El punto que nos interesa de tu vida espiritual es si verdaderamente oras. Tus puntos de vista doctrinales pueden ser correctos y tu amor por la fe evangélica puede ser firme e inconmovible, pero aún así, todo esto puede no ser más que un mero conocimiento intelectual que se alimenta de un sentimiento partidista. Lo que nos interesa saber es si tú, en verdad, puedes hablar a Dios con la misma manera que puedes hablar de Dios.

Entre los verdaderos cristianos existen grandes diferencias; en el ejército de Dios no todos son iguales. Es cierto que todos se ejercitan en la buena pelea, pero hay. unos que luchan más valientemente que otros. Todos están ocupados en la obra del Señor, pero hay unos que hacen más que los otros. Todos son luz en el Señor, pero hay unos que brillan más que otros. Todos corren la misma carrera, pero hay unos que llegan más lejos que otros. Todos aman al mismo Señor y Salvador, pero unos le aman más que otros. ¿No es esto cierto?

Hay personas que, aunque forman parte del pueblo de Dios, parece que no han hecho progreso alguno desde el día en que se convirtieron. Han nacido de nuevo, pero espiritualmente permanecen bebés durante toda su vida. Asisten a la escuela de Cristo, pero no se mueven del A B C del Evangelio y la santidad. Pertenecen al rebaño de Cristo, pero siempre están en el mismo lugar, no se mueven. Año tras año uno puede observar en ellas las mismas faltas y debilidades. La experiencia espiritual de las tales no ha cambiado desde el día de su conversión. Sólo pueden tolerar la leche del Evangelio, pero no pueden con la comida fuerte. Siempre la misma puerilidad en la fe, las mismas flaquezas, la misma estrechez mental y de corazón, la misma falta de interés en cualquier cosa que rebase su pequeño círculo, todo exactamente lo mismo que años atrás. Aunque resulte triste confesarlo, ¿no es esto cierto?

Sin embargo, hay otros dentro del pueblo de Dios, que progresan contínuamente. Avanzan como Gedeón y los suyos que, aunque cansados, siguen adelante (Jueces 8:4). Siempre están añadiendo gracia a la gracia, fe a la fe, y esfuerzo al esfuerzo. Cada vez que uno los ve, tiene la impresión de que el corazón de los tales se ha engrandecido, y la estatura espiritual de los mismos duplicado. Parece que cada año ven más, saben más, crecen más y viven más profundamente su profesión religiosa. No sólo exhiben buenas obras para probar la realidad de su fe, sino que en las tales se muestran celosos. No sólo hacen bien, sino que no se cansan de hacer bien (Tito 2:14; Gálatas 6:9). Se proponen grandes cosas y las consiguen. Si fracasan, lo intentan de nuevo, y si otra vez caen, de nuevo se levantan. Y en todo esto, y durante todo este tiempo, se consideran a sí mismos como siervos inútiles que no hacen nada de provecho. Estas personas son las que hacen hermosa la religión cristiana a los ojos del mundo, y las que la adornan con sus vidas; arrancan las alabanzas de los inconversos y obtienen la estimación incluso de los egoístas del mundo. Oír, ver y convivir con estas personas resulta de provecho espiritual para el alma; enfrente de las tales, y al igual que sucedía con Moisés, uno se hace la idea de que han venido de delante de la presencia de Dios; Debemos confesar que gente así ́ no abunda mucho.

¿A qué podemos atribuir la diferencia tan grande entre estas dos clases de personas que hemos descrito? ¿Por qué razón algunos cristianos brillan más y son más santos que otros? Yo creo que esto se debe, en la mayoría de los casos, a hábitos distintos de oración privada. Yo creo que los que se distinguen por una vida de santidad pobre, oran poco; mientras que los que se distinguen por una vida de profunda santidad, oran mucho.

Yo creo que la grandeza espiritual, y también la natural, depende, más que nada, del uso diligente de los medios a nuestro alcance. Después de la conversión, la santidad de una persona depende, principalmente, del uso cuidadoso de los medios de gracia que Dios ha dispuesto. Y sin reserva alguna me atrevo a afirmar que el medio principal, y por el cual la mayoría de creyentes han sido grandes en la Iglesia de Cristo, ha sido el hábito diligente de la oración privada.

Hay personas que después de haber hecho una buena profesión de fe, parecen apartarse de los caminos del Señor. Corren bien durante un tiempo, como los gálatas, pero luego caen en las enseñanzas de falsos maestros. Mientras las emociones y sentimientos arden, al igual que Pedro confiesan a Cristo, pero tan pronto viene la hora de la prueba, le niegan. Los creyentes pueden perder el primer amor, como los efesios; sus ánimos y su celo, como Marcos, puede enfriarse. Por un tiempo seguirán algunos, como Demas al Apóstol, pero más tarde volverán al mundo. Muchos de los que profesan la religión cristiana pueden hacer esto.

¿Cuál es la causa principal de todo enfriamiento y apartamiento espiritual? Por regla general creo que la causa principal es el descuido y negligencia de la oración privada. Es cierto que la historia secreta de muchas caídas no se conocerá́ hasta el Día del Juicio. Pero en mi opinión: el motivo principal de todo enfriamiento y apartamiento tiene su origen en el descuido de la oración privada, como lo han demostrado muchas experiencias.

Las Biblias que se leen sin oración, los sermones que se oyen sin oración, los matrimonios que se contraen sin oración, los viajes que se emprenden sin oración, las amistades que se forman sin oración, las lecturas bíblicas y devocionales con oraciones rápidas y que no salen del corazón; todo esto constituye una serie de escalones descendentes por los cuales muchos creyentes bajan a un plano de apatía espiritual, o al borde mismo de una terrible caída.

No dudemos del hecho de que los que caen, primero caen en su vida espiritual privada, y más tarde su caída es pública. Primero caen en su vida de oración, y luego a los ojos del mundo. Al igual que Pedro, primero descuidan la amonestación del Señor de velar y orar, y luego, también como ese Apóstol, pierden las fuerzas y en la hora de la tentación niegan al Señor.

Confío que el lector cristiano de este escrito nunca se apartará de la fe. Pero la mejor manera de asegurarse de que no se apartará de los caminos del Señor, es recordando mi amonestación: no descuides la oración privada.

Fragmento tomado del libro El Secreto de la vida Cristiana, de Juan Carlos Ryle.


oración privadaEn nuestros días la profesión religiosa abunda. Los lugares de culto se han multiplicado y también el número de los asistentes. Pero a pesar de toda esta pública manifestación religiosa, la oración es descuidada por muchos. He llegado a la conclusión de que la mayoría de los que profesan ser cristianos nunca oran. Muchísimas son las personas que nunca dicen unas palabras de oración; comen, beben, duermen, se levantan, van al trabajo, regresan a sus hogares, respiran el aire de Dios, ven el sol de Dios, andan sobre la tierra de Dios, gozan de las mercedes de Dios, tienen cuerpos mortales, un juicio y una eternidad delante de ellos, pero nunca hablan a Dios. Viven como las bestias del campo que perecen; se comportan como criaturas sin alma; no tienen ninguna palabra para decir a Aquél en cuyas manos están sus vidas y de quien reciben el aliento y todas las cosas y de quien un día oirán palabras de condenación eterna. ¡Cuán terrible es todo esto!

Creo también que las oraciones de muchas personas no son más que una mera rutina, una colección de palabras que se repiten de carretilla y de cuyo significado nadie se apercibe. Algunas de estas oraciones no son más que una serie de frases, que aprendieron en la niñez. Hay personas que repetirán una y otra vez el credo, sin darse cuenta de que en esta confesión no se encierra ninguna petición. Otras recitarán el “Padre nuestro”, pero sin el más leve deseo de que lo que en esta oración se expresa tenga cumplimiento. Aun muchas de aquellas personas que han aprendido buenas oraciones, cuando las dicen lo hacen con desgana y rutinariamente, quizá mientras se lavan o se visten. Esto no es orar. Las palabras que no salen del corazón son de tanto provecho para el alma, como el batir de los tambores delante de los ídolos por parte de los paganos. Donde no hay corazón puede haber labios y lengua, pero no habrá nada que Dios pueda escuchar; no hay verdadera oración (…)

¿Cuál es la causa principal de todo enfriamiento y apartamiento espiritual? Por regla general creo que la causa principal es el descuido y negligencia de la oración privada. Es cierto que la historia secreta de muchas caídas no se conocerá hasta el Día del Juicio. De ahí que sólo me limite a expresar mi opinión, Pero esta opinión ha sido formada como resultado de mis experiencias pastorales y mis observaciones del corazón humano. Repito pues mi opinión: el motivo principal de todo enfriamiento y apartamiento tiene su origen en el descuido de la oración privada.

Las Biblias que se leen sin oración, los sermones que se oyen sin oración, los matrimonios que se contraen sin oración, los viajes que se emprenden sin oración, las amistades que se forman sin oración, las lecturas bíblicas y devocionales con oraciones rápidas y que no salen del corazón; todo esto constituye una serie de escalones descendentes por los cuales muchos creyentes bajan a un plano de apatía espiritual, o al borde mismo de una terrible caída. Por este proceso se forman las personas lánguidas como Lot; las de carácter inestable como Sansón; las inconsistentes como Asa; las flexibles como Josafat; las cuidadosas en extremo Marta, etc. A menudo la causa que motiva todos estos casos es ésta: descuido de la oración privada.

No dudemos del hecho de que los que caen, primero caen en su vida espiritual privada, y más tarde su caída es pública. Primero caen en su vida de oración, y luego a los ojos del mundo. Al igual que Pedro, primero descuidan la amonestación del Señor de velar y orar, y luego, también como ese Apóstol, pierden las fuerzas y en la hora de la tentación niegan al Señor.

Confío que el lector cristiano de este escrito nunca se apartará de la fe. Pero la mejor manera de asegurarse de que no se apartará de los caminos del Señor, es recordando mi amonestación: no descuides la oración privada.

Fragmento tomado del libro “El Secreto de la vida cristiana” de John Charles Ryle.


El hecho de haber escuchado con cuidado y atención algo que Dios me haya hablado no garantiza que voy a prestarle atención a todo lo que Él dice. La insensibilidad de mi mente y corazón hacia lo que Dios habla pone en evidencia que no lo amo ni lo respeto. Si amo a un amigo, automáticamente entenderé lo que él quiere; y Jesús dijo: “Vosotros sois mis amigos…”, Juan 15:14. ¿Desobedecí algún mandamiento de mi Señor esta semana? Si hubiera comprendido que era un mandamiento de Jesús, yo no lo hubiera desobedecido de manera consciente. Pero la mayoría de nosotros demostramos una falta de respeto tan grande hacia Dios que ni siquiera lo escuchamos. Mejor sería que nunca nos hubiera hablado.

La meta de mi vida espiritual es que me identifique tanto con Jesucristo que siempre escuche a Dios y sé que Él siempre me oye (Juan 11:41). Si estoy unido a Jesucristo, le prestaré atención a Dios todo el tiempo mediante mi fervor y dedicación a escuchar. Una flor, un árbol o un siervo del Señor pueden transmitir el mensaje divino para mi vida. Estar ocupado en otras cosas es lo que me impide oír. No es que me rehúse a escuchar a Dios, sino que mi consagración no está bien ubicada. Me dedico a las cosas, al servicio, a mis propias convicciones y Dios puede decir lo que quiera, pero simplemente no lo escucho.
La actitud de un hijo de Dios siempre debe ser: “Habla, que tu siervo escucha”. Si no he desarrollado y alimentado la devoción continua a escuchar, solamente puedo oír la voz de Dios algunas veces; y en otras ocasiones me vuelvo sordo a Él porque mi atención se encuentra en las cosas – las cosas que pienso que debo hacer. Esto, en realidad, no es vivir como un hijo de Dios. ¿Has escuchado hoy su voz?

Tomado del libro devocional “En pos de lo Supremo” de Oswald Chambers.


“Nunca desmayes en la oración. Cuando no tienes deseos de orar, es una alerta de que debes orar más. Ningún hombre tiene tanta necesidad de orar como aquel a quien no le interesa hacerlo. Si puedes orar por largo rato, entonces no representa ningún sacrificio para ti, pero si no puedes y no deseas orar, entonces tienes que orar o el malvado se aprovechará de tu situación. Él está listo para arruinar a aquel que se olvida del trono de la misericordia, cuando el corazón se muestra apático ante la oración, el hombre está padeciendo una peligrosa enfermedad. ¿Cómo puede cansarse de orar? Esto es esencial para la vida. Si alguien se cansa de respirar, de seguro está a punto de morir; si alguien se cansa de orar, tenemos que orar mucho por él, porque está corriendo un gran riesgo”. Charles Spurgeon

Tomado del libro devocional “A los pies del maestro” compilado por Audie Lewis.


Video visto en el canal de youtube de Seré Honesto


Fuente: I’ll Be Honest


En un bello lenguaje poético, el salmista expresa el asombro que le produce la misteriosa sabiduría de Dios. Él es omnipresente, y nada pueden hacer las personas a escondidas de su Creador, quien conoce hasta los actos y pensamientos más secretos (Comentario LBLA).


Podría ser una experiencia humillante para algunos de nosotros los hombres que se nos dejara ver cuánto de valor espiritual permanente está siendo llevado a cabo por las mujeres en las iglesias. Como en los días de su carne. Cristo sigue teniendo devotas seguidoras que van bien dispuestas en pos de Él y que le sirven.

La tendencia masculina a tener en menos a estas «damas elegidas» no habla demasiado bien de los miembros varones de la comunidad espiritual. Nos conviene algo más de humildad, y también un poco de gratitud. Si la oración es (como creemos en verdad) una parte integral del esquema general divino de las cosas, y tiene que ser ofrecida si se debe llevar a cabo la voluntad de Dios, entonces las oraciones de las miles de mujeres que se reúnen cada semana en nuestras iglesias son de valor inestimable para el reino de Dios. Que tengan más poder, y que su número se incremente diez veces. Pero guardémonos de no caer en el pusilánime hábito de depender de que las mujeres de la iglesia oran por nosotros. Si nuestro trabajo nos impide, como sucede normalmente, celebrar reuniones de oración durante el día, compensémoslo de alguna manera, y cuidémonos de que oramos tanto como debiéramos.

La oración no es una tarea que pueda ser encomendada a uno u otro grupo en la iglesia. Es responsabilidad de cada uno de nosotros; es el privilegio de cada uno de nosotros. La oración es la respiración de la iglesia; sin ella nos asfixiamos, y al final morimos, como un cuerpo vivo que se vea privado del aliento de la vida. La oración no conoce sexo, porque el alma no tiene sexo, y es el alma la que debe orar. Las mujeres pueden orar, y sus oraciones recibirán respuesta; pero lo mismo puede orar el varón, y así debieran hacerlo si quieren llenar el puesto que Dios les ha dado en la iglesia.

Guardémonos de que no nos deslicemos imperceptiblemente a un estado en el que las mujeres oran y los varones dirigen las iglesias. Los hombres que no oran no tienen derecho alguno a dirigir asuntos de la iglesia. Creemos en el liderazgo de hombres dentro de la comunidad espiritual de los santos, pero este liderazgo debiera ser alcanzado por valía espiritual. El liderazgo exige visión, ¿y de dónde vendrá la visión excepto de horas pasadas en la presencia de Dios en oración ferviente y humilde? En igualdad de condiciones, una mujer que ora conocerá la voluntad de Dios para la iglesia mucho mejor que un hombre que no lo hace.

No abogamos aquí por la entrega de las iglesias a las mujeres, pero sí que abogamos por un reconocimiento de los apropiados requerimientos para el liderazgo entre los varones si es que quieren seguir decidiendo la dirección que las iglesias deben tomar. El accidente de ser varón no es suficiente. Sólo la hombría espiritual califica para ello.

«Buscaos, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo» (Hechos 6:3). Los hombres escogidos como consecuencia de esta instrucción se convirtieron en los primeros diáconos de la iglesia. Así fue como la dirección de ciertos asuntos de la iglesia fue encomendada a hombres espiritualmente calificados. ¿No deberíamos nosotros mantener hoy día la misma norma?

Tomado de Caminamos por una senda marcada de Aiden Wilson Tozer


Video visto en el canal de youtube de sterlingdiazd


Debe mantenerse el hábito de la oración diaria. Es bueno tener horas regulares para la devoción, y, en la medida de lo posible, acudir al mismo lugar para orar; sin embargo, el espíritu de oración es todavía mejor que el hábito de la oración. Es mejor ser capaz de orar en todo momento que  tener la regla de orar en ciertos momentos y ocasiones.

Un cristiano es más desarrollado en la gracia cuando ora por cada cosa, de lo que sería si sólo orara en ciertas condiciones y circunstancias. Siempre siento que algo anda mal si paso sin orar incluso durante intervalos de media hora en el día. Yo no puedo entender  cómo un cristiano puede pasarse sin orar de la mañana a la noche. No puedo comprender cómo vive y cómo  lucha la batalla de la vida sin pedir el cuidado guardián de Dios, mientras las flechas de la tentación vuelan tan densamente a su alrededor. No puedo imaginar cómo puede decidir qué debe hacer en momentos de perplejidad, cómo  puede ver sus propias imperfecciones o las faltas de los demás, sin sentirse constreñido a decir, a lo largo de todo el día: “¡Oh Señor, guíame; oh Señor, perdóname; oh Señor, bendice a mi amigo!” No puedo entender cómo puede estar recibiendo continuamente misericordias del Señor sin decir: “¡Gracias sean dadas a Dios por esta señal de Su gracia! ¡Bendito sea el nombre del Señor por lo que está haciendo por mí en Su abundante misericordia! ¡Oh Señor, recuérdame todavía con el favor que muestras a Tu pueblo!” No deben quedarse contentos, amados hermanos y hermanas en Cristo, a menos que puedan orar en cualquier parte y en todo tiempo, y obedecer de esta manera el precepto apostólico: “Orad sin cesar.”

Un aparte tomado del Sermón No. 3186, predicado el 2 de Octubre de 1873 bajo el título “La oración más breve de Pedro”

 


Video visto en el canal de youtube juancirecargada bajo el título el closet de oración


Actualmente muchas personas ponen su fe en la oración y no en el Señor, buscando ante todo que las circunstancias sean transformadas a su favor o conforme sus propósitos, pero no de acuerdo al plan perfecto de Dios. Hasta que el hombre no comprenda la verdadera razón de ir a Dios en oración, para estar en intimidad con Él, y no como una cita con “el genio de la lámpara” listo para cumplir sus demandas y deseos, perderá el más grande privilegio dado por el Creador y no recibirá el verdadero milagro que hay tras este tiempo de comunión. No es obtener cosas, es ser transformados para siempre por la mano poderosa de Dios, quien en medio de la oración nos enseña el camino a seguir o nos concede el don de esperar Su voluntad.

Como afirma Oswald Chambers: “Decir que la oración “cambia las cosas”, no es tan cierto como que la oración me cambia a mí y, entonces, yo cambio las cosas. Dios ha hecho todo de modo que la oración, sobre la base de la redención, cambia la forma como una persona mira las situaciones. La oración no tiene que ver con cambiar las cosas externamente, sino con realizar milagros en la naturaleza interior de una persona.”


“…Pero tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público” Mateo 6: 6

Jesús no dijo: “Sueña con tu padre que está en secreto”, sino ora a tu Padre que está en secreto. La oración es un esfuerzo de la voluntad. Después de que hemos entrado en el lugar secreto y cerrado la puerta, lo más difícil es orar. No nos hemos concentrado y lo primero con lo que entramos en conflicto es con dejar volar la imaginación. La gran batalla al orar en privado es sobreponernos a la distracción mental. Debemos disciplinar nuestra mente y concentrarnos en la oración, la cual es producto de una decisión voluntaria.

Debemos elegir un lugar especial para orar, pero una vez estamos en él, empieza la plaga de las moscas, es decir, los pensamientos errantes: “Hoy tengo que hacer esto y debo hacer aquello”. Jesús dice: “Cierra tu puerta”. Tener un tiempo de quietud en secreto delante de Dios implica cerrarle la puerta deliberadamente a nuestras emociones y acordarnos de Él. Dios está en secreto, y nos ve desde el lugar secreto. Él no nos ve como lo hace otras personas, o como nos vemos a nosotros mismos. Cuando verdaderamente vivimos en el lugar secreto, resulta imposible dudar de Dios. Estamos más seguros de Él que de cualquier cosa o persona. Entra al lugar secreto y comprenderás que Dios estuvo justamente en el centro de tus circunstancias diarias todo el tiempo. Adquiere el hábito de tratar con Él todos los asuntos. Si no aprendes a abrir la puerta de tu vida de par en par, para que Dios entre desde el instante en que te despiertas, trabajarás en un nivel equivocado todo el día. Pero si abres la puerta de tu vida y oras a tu Padre que está en secreto, todo lo que hagas en público tendrá el sello de la presencia de Dios.

Tomado del libro “En pos de lo Supremo” de Oswald Chambers.


Es necesario que haya un entendimiento iluminado con el fin de que el alma sea llevada a continuar en el servicio y deber de la oración, pese a toda circunstancia. John Bunyan escribió acerca de la perseverancia de la oración lo siguiente:

“El pueblo de Dios no ignora las muchas tretas, trucos y tentaciones que el diablo usa para hacer que una pobre alma, verdaderamente deseosa de tener al Señor Jesucristo, llegue a cansarse de buscar el rostro de Dios, y a pensar que Él no quiere tener misericordia de ella. “Sí”, dice Satanás, “puedes orar cuanto quieras, pero no prevalecerás. Mira tu corazón: duro, frío, torpe y embotado. No oras con el Espíritu, no oras con verdadero fervor; tus pensamientos se van tras otras cosas cuando aparentas estar orando a Dios. Fuera, hipócrita; basta ya; es en vano que sigas luchando.” He aquí, pues, que si el alma no está bien avisada, clamará al momento: “¡El Señor me ha abandonado, mi Dios me ha olvidado!” Mientras que la que está debidamente informada e iluminada dice: “Bien, buscaré al Señor y esperaré; no cejaré, aunque no me diga ni una palabra de consuelo. Él amaba apasionadamente a Jacob, pero le hizo luchar a brazo partido antes de obtener la bendición.” Los aparentes retrasos en Dios no son pruebas de su desagrado; a veces es posible que oculte su rostro de los santos que más ama. Le agrada en extremo mantener a los suyos en oración, y hallarles continuamente llamando a la puerta del cielo. Acaso sea, dice el alma, que el Señor me prueba, o que le agrada oír cómo le presento, gimiendo, mi condición.

La mujer cananea no quiso tomar por negativas verdaderas las que eran sólo aparentes; sabía que el Señor era misericordioso. El Señor vindicará a los suyos aunque emplee a veces largo tiempo. El Señor me ha esperado mucho más tiempo que yo a Él; y lo mismo le ocurrió a David. “Resignadamente esperé,” dice (Salmo 40: l); o sea, pasó mucho tiempo antes de que el Señor me respondiera, aunque por fin “inclinóse a mí y oyó mi clamor.” El mejor remedio para esto es un entendimiento bien informado e iluminado. ¡Lástima que haya en el mundo tantas pobres almas que temen verdaderamente al Señor, y que, por no estar bien instruidas, a menudo están dispuestas a darlo todo por perdido, cada vez que Satanás emplea una de sus tretas y tentaciones! Que el Señor se compadezca de ellas y les ayude a orar con el Espíritu, y también con entendimiento. Aquí podría mencionar gran parte de mi propia experiencia. En mis accesos de agonía espiritual, he tenido fuertes tentaciones de rendirme y no buscar más al Señor; pero habiéndome hecho entender cuán grandes pecadores eran aquellos de quienes Él ha tenido misericordia, y cuán grandes eran sus promesas a los pecadores; y que no era al que estaba sano, sino al enfermo; no al justo, sino al pecador; no al que está lleno, sino al que está vacío, a quienes comunicaba Su gracia y Su misericordia, esto, por medio de la ayuda de su Santo Espíritu, hizo que me adhiriese a Él, que me apoyara en El, y que al mismo tiempo clamara, aunque de momento no envió respuesta. ¡Que el Señor ayude a todo este pueblo pobre, tentado y afligido, a hacer lo mismo, y a perseverar, aunque tenga que esperar mucho tiempo!

Cuidado con desechar la oración a causa de la súbita persuasión de que no tienes el Espíritu ni oras con El. La gran obra del diablo consiste en hacer todo lo posible para impedir las mejores oraciones. El adulará al maldito hipócrita y embustero, alimentándole con mil fantasías de hechos meritorios, aunque sus oraciones y todo cuanto hace hiede en las narices de Dios, mientras se coloca junto al pobre Josué, para resistirle, es decir, para persuadirle de que ni su persona ni sus actos son aceptados por Dios (Zacarías 3:1). Cuidado, pues, con tales falsas conclusiones y desalientos injustificados. Aunque te asalten pensamientos como éstos, lejos de sentirte desalentado por ellos, úsalos para orar más sincera e intensamente en espíritu, al allegarte a Dios.

Del mismo modo que estas tentaciones repentinas no deben hacer que te abstengas de orar y de derramar tu alma delante de Dios, tampoco las corrupciones de tu corazón deben servir de impedimento. Acaso halles en ti todo lo que hemos mencionado antes, y quizás tales cosas procuren intervenir en tus oraciones a Él. A ti te toca, entonces, juzgarlas, orar pidiendo ayuda contra ellas, y postrarte tanto más humildemente a los pies de Dios, usando tu vileza y corrupción como argumento para implorar la gracia que justifica y santifica, en vez de dejarte abatir por el desaliento y la desesperación. David así lo hizo: “Perdonarás también mi pecado; porque es grande” (Salmo 25:11).”

Fragmento tomado del libro “La Oración” de Jhon Bunyan (1660)