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Jesucristo no dijo: “Id y salvad almas”, pues la salvación de las almas es la obra sobrenatural de Dios, sino: “Id y haced discípulos a todas las naciones” (Mateo 28: 19). Sin embargo, no puedes hacer discípulos si tú mismo no eres uno. Cuando los discípulos regresaron de su primera misión, estaban llenos de gozo porque hasta los demonios se les sujetaban, pero Jesús les dijo: “No se regocijen por el éxito en el servicio; el gran secreto del gozo es que tengan la relación correcta conmigo” (Lucas 10:17-20). Lo más esencial en un misionero es que permanezca fiel al llamado de Dios y que comprenda que su único propósito es discipular hombres y mujeres para Jesús. Recuerda que hay una pasión por las almas que no proviene de Dios, sino de nuestro deseo de que se conviertan a nuestro punto de vista.

Fragmento tomado del libro devocional “En pos de los Supremo” de Oswald Chambers.


El hecho de haber escuchado con cuidado y atención algo que Dios me haya hablado no garantiza que voy a prestarle atención a todo lo que Él dice. La insensibilidad de mi mente y corazón hacia lo que Dios habla pone en evidencia que no lo amo ni lo respeto. Si amo a un amigo, automáticamente entenderé lo que él quiere; y Jesús dijo: “Vosotros sois mis amigos…”, Juan 15:14. ¿Desobedecí algún mandamiento de mi Señor esta semana? Si hubiera comprendido que era un mandamiento de Jesús, yo no lo hubiera desobedecido de manera consciente. Pero la mayoría de nosotros demostramos una falta de respeto tan grande hacia Dios que ni siquiera lo escuchamos. Mejor sería que nunca nos hubiera hablado.

La meta de mi vida espiritual es que me identifique tanto con Jesucristo que siempre escuche a Dios y sé que Él siempre me oye (Juan 11:41). Si estoy unido a Jesucristo, le prestaré atención a Dios todo el tiempo mediante mi fervor y dedicación a escuchar. Una flor, un árbol o un siervo del Señor pueden transmitir el mensaje divino para mi vida. Estar ocupado en otras cosas es lo que me impide oír. No es que me rehúse a escuchar a Dios, sino que mi consagración no está bien ubicada. Me dedico a las cosas, al servicio, a mis propias convicciones y Dios puede decir lo que quiera, pero simplemente no lo escucho.
La actitud de un hijo de Dios siempre debe ser: “Habla, que tu siervo escucha”. Si no he desarrollado y alimentado la devoción continua a escuchar, solamente puedo oír la voz de Dios algunas veces; y en otras ocasiones me vuelvo sordo a Él porque mi atención se encuentra en las cosas – las cosas que pienso que debo hacer. Esto, en realidad, no es vivir como un hijo de Dios. ¿Has escuchado hoy su voz?

Tomado del libro devocional “En pos de lo Supremo” de Oswald Chambers.


amor riquezas“Señor, te seguiré adondequiera que vayas”, Lucas 9:57

La actitud de nuestro Señor hacia aquel que le había hablado fue la de desanimarlo con severidad, porque Él sabía lo que había en el hombre. Nosotros diríamos: “¡Imagínate perder la oportunidad de ganar a ese hombre” “¡Qué barbaridad anularlo de esa forma y hacerlo volver desanimado!” Nunca te disculpes por el Señor. Sus palabras hieren y ofenden hasta que no queda nada que herir u ofender. Jesucristo no tuvo ninguna lástima con respecto a aquello que finalmente arruinaría a una persona en su servicio para Dios. Sus respuestas no se basaban en un capricho ni en un pensamiento impulsivo, sino en el conocimiento de lo que hay en el hombre. Si el Espíritu de Dios trae a tu mente una palabra del Señor que te hiere, con seguridad hay algo en ti que Él quiere herir de muerte.

Lucas 9: 58. Estas palabras destruyen el argumento de servir a Jesucristo porque es agradable. El rigor del rechazo no deja nada en pie, sólo a mi Señor, mi vida y el sentido de una esperanza desesperada. Él dice que debo dejar que los demás vayan y vengan, pero que yo me debo guiar únicamente por mi relación con Él. Luego añade: “…el Hijo del Hombre no tiene donde recostar la cabeza”.

Lucas 9: 59. Este hombre no quería defraudar a Jesús ni herir a su padre. Cuando orientamos nuestro sentido de lealtad hacia nuestros parientes, en lugar de hacerlo primero hacia Jesucristo, Él queda en el último lugar. Ante un conflicto de lealtades, siempre obedece a Jesucristo cueste lo que cueste.

Lucas 9: 61. Quien dice: “Te seguiré, Señor; pero…”, es el que está impetuosamente listo, pero nunca va. Aquel hombre tenía sus reservas acerca de ir. El exigente llamamiento de Jesucristo no da lugar a despedidas, las cuales son paganas, por la forma en que muchas veces las utilizamos. Una vez que Dios te llame, empieza a avanzar sin detenerte nunca.

Tomado del libro devocional “En pos de lo Supremo”  de Oswald Chambers.



imagen cuerda floja“En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo” Juan 16:33

Una manera común y corriente de percibir la vida cristiana es que por medio de ella nos libraremos de toda adversidad. Pero, realmente seremos librados en medio de ella, lo cual es muy diferente. “El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente… No te sobrevendrá mal ni plaga tocará tu morada”, Salmos 91:1,10, es decir, el lugar donde estás en unidad con Él.

Si eres un hijo de Dios, con seguridad encontrarás adversidades, pero Jesús afirma que no debes sorprenderte cuando vengan. En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo. Él te dice, “no hay nada que temer”. Las mismas personas que antes de haber sido salvas rechazaban hablar de sus problemas, a menudo se quejan y preocupan después de haber nacido de nuevo, porque tienen una idea equivocada de lo que significa la vida de un creyente.

Dios no nos da una vida triunfante, nos da una vida a medida que triunfamos. Las presiones construyen nuestra fortaleza. Si no hay problemas, no habrá fuerza. ¿Estás pidiéndole a Dios que te dé vida, libertad y gozo? Él no lo hará, a menos que estés dispuesto a aceptar la tensión. En cuanto te enfrentes a ella, obtendrás la fortaleza. Vence tu propia cobardía, da el primer paso y Dios te dará el alimento que necesitas. “Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida”, Apocalipsis 2:7. Si das tu máximo en lo físico, te agotas; pero, cuando te rindes por completo espiritualmente, obtienes más fuerza. Dios nunca nos da la fuerza para el día de mañana o para la hora siguiente, sino sólo para la presión del momento. Nuestra tentación es afrontar las adversidades de acuerdo con el sentido común. Pero un santo se goza incluso cuando está aparentemente vencido por las adversidades, porque la victoria es absurdamente imposible para todo el mundo, menos para Dios.

Tomado del libro devocional “En pos de lo Supremo” de Oswald Chambers


Jesús redujo a incredulidad las preocupaciones racionales de un discípulo. Si hemos recibido al Espíritu Santo, Él se abrirá paso en nuestra vida y nos dirá: “Ahora bien, ¿dónde entra Dios en esa relación, en las vacaciones que has planeado, o en esos nuevos libros que quieres leer?”. Él siempre insiste en el asunto hasta que aprendemos a tomar en cuenta a Dios antes que a nada. Siempre que le damos el primer lugar a otras cosas, hay confusión.

“…Por tanto os digo: No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?”… (Mt 6: 25)

No lleves sobre tus hombros la carga de prever el futuro. La preocupación no sólo es mala, sino que es incredulidad, porque implica que no creemos que Dios puede ocuparse de los detalles corrientes de nuestra vida. Y este siempre es el verdadero motivo de preocupación. ¿Alguna vez has notado lo que Jesús señaló como aquello que ahogaría la Palabra sembrada por Él en nosotros? ¿El diablo? No, las preocupaciones de este siglo (Mt. 13: 22). Siempre son nuestras pequeñas preocupaciones. La incredulidad comienza cuando decimos: “No voy a confiar en lo que no puedo ver”. La única cura contra la incredulidad es la obediencia al Espíritu. La palabra más grande de Jesús a sus discípulos es abandónense.

Tomado del libro En Pos de lo Supremo de Oswald Chambers


No siempre tenemos deseos de hacer las cosas que Dios nos ha enseñado y demandado, pero debemos hacerlas aunque haya deseo o no. Si sólo realizáramos lo que nos sentimos inclinados a hacer, algunos de nosotros nunca haríamos nada. Existen personas totalmente inútiles en el reino espiritual porque son espiritualmente indecisas y débiles, y se niegan a hacer algo, a menos que se encuentren inspiradas de una manera sobrenatural. La prueba de que nuestra relación con Dios marcha bien es que nos esforzamos al máximo, nos sintamos inspirados o no.

Una de las peores trampas en las que el obrero cristiano puede caer es obsesionarse con los momentos excepcionales de inspiración que ha tenido. Cuando el Espíritu de Dios te da un tiempo de inspiración y discernimiento, piensas: “Ahora, esta siempre será mi condición para Dios”. No, no lo será y Él cuidará de que no sea así. Esos momentos son un regalo de Dios en su totalidad. No te los puedes dar a ti mismos cuando los desees. Si dices que siempre tienes que estar en tu mejor condición, realmente te conviertes en una carga intolerable para Él. Nunca harás nada a menos que Dios te mantenga inspirado de una manera consciente. Si a tus mejores momentos los conviertes en un dios, descubrirás que la guía del Señor se irá desapareciendo de tu vida y nunca regresará hasta que seas obediente en el trabajo que te ha colocado más cerca, y cuando aprendas a no obsesionarte con esos momentos excepcionales que Él te ha dado.

Tomado del libro “En pos de lo supremo”  de Oswald Chambers


Pablo dice que tonos nosotros, tanto los predicadores como las demás personas, debemos comparecer ante el tribunal de Cristo (2 Corintios 5: 10). Pero si aprendes a vivir bajo el escrutinio de la transparente luz del Señor, aquí y ahora, tu juicio final sólo te producirá gozo cuando contemples la obra que Dios ha hecho en ti.

Confróntate sin cesar con el tribunal de Cristo, y camina en el conocimiento que Él te ha dado de la santidad. Tolerar una mala actitud hacia otra persona te lleva a seguir el espíritu del diablo, sin importar lo piadoso y santo que seas. Un juicio carnal de otra persona únicamente sirve para que los propósitos del infierno se cumplan en ti. Tráelo a la luz enseguida y confiesa: “Oh, Señor, soy culpable en esto”. Si no lo haces, tu corazón se endurecerá cada vez más.

Uno de los castigos del pecado es que nos afirmamos en él. Dios no es el único que castiga por el pecado, sino que el pecado se afirma a sí mismo en el pecador y cobra su paga. Ninguna lucha ni oración te permitirán dejar ciertas prácticas. El castigo del pecado es que gradualmente te acostumbras a él y al final ya ni siquiera lo identificas como pecado. Ningún poder, excepto el que viene por la llenura del Espíritu Santo, podrá evitar o modificar las consecuencias inherentes al pecado.

“Pero si andamos en luz, como Él está en luz…” (1 Juan 1:7). Para muchos de nosotros andar en la  luz significa que otras personas deben caminar de acuerdo con la norma de vida que les hemos trazado. La actitud más mortífera de los fariseos, que también manifestamos en la actualidad, no es la hipocresía, sino la que resulta de vivir inconscientemente una mentira.

Tomado de En pos de lo Supremo de Oswald Chambers

 


El gozo significa el perfecto cumplimiento de aquello para lo cual fui creado y nací de nuevo, y no la realización exitosa de mis escogencias personales. El gozo de nuestro Señor procedía de la ejecución de lo que el Padre le había enviado a hacer. Y Él nos dice: “Como me envió el Padre, así también yo os envío” (Juan 20: 21). ¿Recibiste un ministerio del Señor? Si es así, debes ser fiel a él, estimando tu vida como preciosa tan sólo para el cumplimiento de ese ministerio. Piensa en la satisfacción de escuchar que Jesús te diga: “Bien, buen siervo y fiel” (Mateo 25: 21), de saber que has llevado a cabo lo que te envió a hacer. Todos debemos hallar un lugar en la vida y espiritualmente lo encontramos cuando recibimos un ministerio del Señor. Para lograrlo, debemos tener comunión íntima con Jesús, conocerlo no sólo como nuestro Salvador personal, y estar dispuestos a experimentar el efecto pleno de Hechos 9: 16,… “yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre.”

¿Me quieres? Entonces, “apacienta mis ovejas” (Juan 21: 17). Él no nos está dando escoger cómo podemos servirle. Está pidiendo absoluta fidelidad a su comisión, una fidelidad que podemos  discernir cuando estamos  en la comunión más cercana posible con Dios. Si tú,  has recibido un ministerio del Señor Jesús, sabrás que la necesidad no es lo mismo que el llamamiento: la necesidad es la oportunidad de ejercerlo. El llamamiento consiste en ser fiel al ministerio recibido cuando estabas en una verdadera comunión con Él. Esto no implica que existe toda una serie de diferentes ministerios que están señalados para ti. Significa que tendrás que ser sensible a lo que Dios te ha llamado a hacer, lo cual a veces puede requerir que pases por alto las exigencias  de servicio en otras áreas.

Tomado del libro En Pos de lo Supremo de Oswald Chambers

 


decaimientoEl decaimiento es la falta de ánimo y fuerza, el desaliento, la debilidad y la flojera espiritual. Es ir en descenso en mi relación con Dios por no confiar o hallar refugio en Él. Cualquier cosa en la que haya siquiera un indicio de decaimiento espiritual siempre es incorrecta. Si estoy deprimido o cargado, la culpa es mía, no de Dios, ni de nadie más. El abatimiento proviene de una de estas dos fuentes: O he satisfecho un deseo pecaminoso o no lo he podido satisfacer. En cualquiera de los casos, el resultado es el decaimiento. La concupiscencia o deseo pecaminoso se expresa con estas palabras: “Quiero tener eso inmediatamente”. La concupiscencia espiritual me hace exigir una respuesta a Dios, en lugar de buscarlo a Él mismo, el dador de la respuesta. ¿Qué he estado esperando que Dios haga? ¿Hoy es el tercer día de espera, y todavía no ha hecho lo que yo pensaba? Por lo tanto, ¿eso justifica que me encuentre decaído y que culpe a Dios? Cuando insistimos en que Él siempre debe responder a nuestras oraciones, vamos por el camino equivocado. El propósito de la oración es que nos aferremos a Dios y no a la respuesta. Es imposible estar bien físicamente y a la vez decaídos, porque el decaimiento es signo de enfermedad. Lo mismo sucede espiritualmente. El abatimiento espiritual es incorrecto, y nosotros siempre somos los culpables de que ocurra.

Para ver el poder de Dios buscamos visiones celestiales y sucesos estremecedores, lo cual se comprueba con el hecho de que estemos decaídos. Sin embargo, nunca nos damos cuenta de que todo el tiempo Él está obrando en nuestros acontecimientos cotidianos y en las personas que nos rodean. Si solamente lo obedecemos y realizamos la tarea que ha puesto más cerca de nosotros, lo veremos a Él. Una de las más asombrosas revelaciones de Dios surge cuando aprendemos que, por medio de las experiencias diarias de la vida, entendemos la magnífica Deidad de Jesucristo.

Tomado de En pos de lo Supremo de Oswald Chambers

 


“La verdadera entrega no es la de nuestra vida exterior, sino la de la voluntad. Y cuando nos rendimos así, no queda nada por hacer. La crisis más grande que podemos enfrentar es la entrega de nuestra voluntad. Sin embargo, Dios nunca nos obliga ni nos ruega para que lo hagamos. Él espera con paciencia hasta que voluntariamente nos rindamos a Él. Una vez que esa batalla se ha ganado, nunca más será necesario librarla (…) Y después de que te rindas, ¿qué? Tu vida entera se caracterizará por la aspiración de mantener una inquebrantable comunión y unidad con Dios “

Fragmento tomado del libro “En pos de los Supremo” de Oswald Chambers


Actualmente muchas personas ponen su fe en la oración y no en el Señor, buscando ante todo que las circunstancias sean transformadas a su favor o conforme sus propósitos, pero no de acuerdo al plan perfecto de Dios. Hasta que el hombre no comprenda la verdadera razón de ir a Dios en oración, para estar en intimidad con Él, y no como una cita con “el genio de la lámpara” listo para cumplir sus demandas y deseos, perderá el más grande privilegio dado por el Creador y no recibirá el verdadero milagro que hay tras este tiempo de comunión. No es obtener cosas, es ser transformados para siempre por la mano poderosa de Dios, quien en medio de la oración nos enseña el camino a seguir o nos concede el don de esperar Su voluntad.

Como afirma Oswald Chambers: “Decir que la oración “cambia las cosas”, no es tan cierto como que la oración me cambia a mí y, entonces, yo cambio las cosas. Dios ha hecho todo de modo que la oración, sobre la base de la redención, cambia la forma como una persona mira las situaciones. La oración no tiene que ver con cambiar las cosas externamente, sino con realizar milagros en la naturaleza interior de una persona.”


“…Pero tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público” Mateo 6: 6

Jesús no dijo: “Sueña con tu padre que está en secreto”, sino ora a tu Padre que está en secreto. La oración es un esfuerzo de la voluntad. Después de que hemos entrado en el lugar secreto y cerrado la puerta, lo más difícil es orar. No nos hemos concentrado y lo primero con lo que entramos en conflicto es con dejar volar la imaginación. La gran batalla al orar en privado es sobreponernos a la distracción mental. Debemos disciplinar nuestra mente y concentrarnos en la oración, la cual es producto de una decisión voluntaria.

Debemos elegir un lugar especial para orar, pero una vez estamos en él, empieza la plaga de las moscas, es decir, los pensamientos errantes: “Hoy tengo que hacer esto y debo hacer aquello”. Jesús dice: “Cierra tu puerta”. Tener un tiempo de quietud en secreto delante de Dios implica cerrarle la puerta deliberadamente a nuestras emociones y acordarnos de Él. Dios está en secreto, y nos ve desde el lugar secreto. Él no nos ve como lo hace otras personas, o como nos vemos a nosotros mismos. Cuando verdaderamente vivimos en el lugar secreto, resulta imposible dudar de Dios. Estamos más seguros de Él que de cualquier cosa o persona. Entra al lugar secreto y comprenderás que Dios estuvo justamente en el centro de tus circunstancias diarias todo el tiempo. Adquiere el hábito de tratar con Él todos los asuntos. Si no aprendes a abrir la puerta de tu vida de par en par, para que Dios entre desde el instante en que te despiertas, trabajarás en un nivel equivocado todo el día. Pero si abres la puerta de tu vida y oras a tu Padre que está en secreto, todo lo que hagas en público tendrá el sello de la presencia de Dios.

Tomado del libro “En pos de lo Supremo” de Oswald Chambers.


¿Y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Pero para esto he llegado a esta hora. Padre, glorifica tu nombre… Juan 12: 27-28

“Mi actitud como creyente frente a la aflicción y la dificultad no debe ser la de pedir que yo me libre de ellas, sino que Dios me proteja de modo que pueda perseverar en aquello para lo cual Él me creó, a pesar del fuego del sufrimiento. En ese fuego nuestro Señor pudo conocerse a sí mismo, aceptar su posición y comprender su propósito. Él fue salvado no de esta hora, sino en medio de ella.

Afirmamos que no debería existir la aflicción; pero como existe, debemos aceptarla y aprender a conocernos a través de su fuego. Somos necios si tratamos de evitarla o rehusamos tenerla en cuenta. Como las penas son una de las realidades más grandes de la vida, es inútil alegar que no deberían existir. Ya que el pecado, la aflicción y el sufrimiento existen, no nos corresponde a nosotros decir que Dios se ha equivocado al permitirlos.

La aflicción quema una gran cantidad de superficialidad en una persona, pero no siempre la hace mejor. El sufrimiento me edifica o me destruye. No puedes conocerte en el éxito, porque el orgullo te hace perder la cabeza;  tampoco en la monotonía de tu vida diaria, porque ésta hace que te quejes. La única forma de conocerte es durante el fuego de la aflicción. Por qué debe ser así es otro asunto. Se trata de un hecho que es verdad tanto en las Escrituras como en la experiencia humana. Siempre puedes reconocer a quien ha pasado por ese fuego y se ha conocido a sí mismo, porque sabes que puedes acudir a él en tus dificultades y te dedicará el tiempo necesario. Pero si una persona no ha pasado por el fuego de la aflicción, tiende a ser despectiva, no te respeta ni tiene tiempo para ti y solamente te da la espalda. Si te conoces a ti mismo durante el fuego de la aflicción, Dios te convertirá en alimento para otros.”

Fragmento tomado de En pos de lo Supremo de Oswald Chambers


…“Si vas a la mano izquierda, yo iré a la derecha; y si a la mano derecha, yo iré a la izquierda”

Génesis 13: 9

Tan pronto comienzas a vivir la vida de fe en Dios, se abrirá delante de ti posibilidades fascinantes y gratificantes, las cuales son tuyas por derecho propio. Pero si estás viviendo la vida de fe, ejercitarás tu derecho a renunciar a tus derechos y dejarás que Dios elija por ti. A veces Él permite que entres a un lugar de prueba, donde lo correcto sería que tomaras en cuenta tu bienestar personal, sino vivieras la vida de fe. Pero si la estás viviendo, renunciarás con gozo a tus derechos y dejarás que Dios escoja por ti. Esta es la disciplina que Él usa para transformar lo natural en espiritual, por medio de la obediencia a su voz.

Siempre que mis derechos se convierten en la guía de mi vida, la percepción espiritual se adormece. El más grande enemigo de la vida de fe en Dios no es el pecado, sino las buenas elecciones que no son las mejores. Lo bueno siempre es enemigo de lo mejor. Al leer el pasaje de Génesis, parecería que lo más sabio de este mundo era que Abraham escogiera, pues era su derecho. Y la gente a su alrededor lo habría considerado un tonto por no hacerlo.

Muchos de nosotros nos estancamos espiritualmente porque preferimos elegir sobre la base de nuestros derechos, en lugar de confiar en la elección de Dios para nosotros. Debemos aprender a caminar de acuerdo con la norma de poner la mirada en Dios, y Él nos dice, como le dijo a Abram: “…Anda delante de mí…” (Génesis 17: 1).

Tomado de En pos de los Supremo de Oswald Chambers


“…Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se ciño la ropa…y se tiró al mar” Juan 21: 7

¿Alguna vez has sufrido una crisis durante la cual lo has abandonado todo de una forma intencional, categórica y sin que importaran las consecuencias? Es una crisis de la voluntad. Muchas veces puedes alcanzar este punto en el ámbito externo, pero no lograrás nada. La crisis verdadera y profunda del total abandono es interior, no exterior. Renunciar a las cosas externas puede ser un indicio de que estás en completa esclavitud.

¿Has sometido conscientemente tu voluntad a Jesucristo? Es una operación de la voluntad, no de las emociones. Cualquier emoción positiva que resulte no es más que el brillo exterior de esa operación. Si enfocas tu atención hacia lo que sientes, nunca te someterás a Él. No le preguntes a Dios cómo debería ser ese acto de sometimiento, sino sométete con respecto a lo que ya tienes delante de ti, bien sea en un plano superficial o profundo.

Si has escuchado la voz de Jesucristo en las olas del mar, puedes soltar tus convicciones y tu firmeza de carácter a los cuatro vientos, pero conserva tu relación íntima con Él

Tomado del libro En Pos de lo Supremo de Oswald Chambers