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Un cristiano verdadero es alguien extraño: siente amor supremo por Aquel a quien nunca ha visto, habla con familiaridad todos los días con alguien a quien no ve,  espera ir al cielo en virtud de otro,  se vacía a sí mismo para ser llenado,  admite que se equivoca para que pueda ser declarado justo,  se rebaja para ser levantado,  es fuerte en la debilidad,  es rico cuando es más pobre, y más feliz cuando se siente peor. Muere para poder vivir,  se abstiene para poder tener,  regala para conservar, ve lo invisible,  escucha lo inaudible, y sabe lo que excede a todo conocimiento. Y todo mientras confunde a sus críticos con su prácticas increíbles, su granja puede ser la más productiva, su negocio puede ser el mejor administrado, sus habilidades mecánicas las más desarrolladas en todo su vecindario. El hombre que ha conocido a Dios no busca nada –ya lo ha encontrado todo. Su religión no es un rumor, él no es una copia, no es una impresión por fax, él es un original de la mano del Santo Espíritu.

Fragmento tomado del libro “La Raíz de los Justos” de Aiden Wilson Tozer.


“En el presente no solo necesitamos del evangelismo. El evangelismo solo extiende la religión, sin importar de qué tipo sea. Se gana aceptación de la religión entre un mayor número de personas, sin pensar mucho en la calidad de tal religión. La tragedia es que en el presente el evangelismo acepta una forma de cristianismo degenerado como si fuera la misma religión de los apóstoles y se entretiene con hacer conversos sin responder preguntas. Y todo el tiempo se está moviendo más y más lejos del modelo del Nuevo Testamento.

Debemos tener una nueva reforma. Tiene que haber una ruptura violenta con tal Pseudo religión irresponsable, relajada, mala y paganizada que pasa hoy como si fuera la fe de Cristo y que se esparce en todo el mundo por hombres no espirituales que usan métodos antibíblicos para conseguir sus fines.

Cuando la iglesia romana apostató, Dios trajo la reforma. Cuando la reforma declinó, Dios levantó a los Moravos y  a los Wesleyanos. Cuando estos movimientos comenzaron a morir, Dios levantó el fundamentalismo y los grupos de “vida más profunda”. Ahora que casi sin excepción nos acabamos todo ¿qué seguirá?”

Fragmento tomado del libro La Raíz de los justos de Aiden Wilson Tozer.


“El dicho es que ‘el verdadero valor de un miembro de la iglesia se revela por su vida de los lunes en vez de la de los domingos’. Debemos vivir durante toda la semana en la misma atmósfera de santidad que deseamos tan ardientemente tener en el día del Señor. El corazón del cristiano debe ser regado en oración antes de que los frutos espirituales comiencen a crecer. Como el campo ha aprendido a amar íntima y simpáticamente a la lluvia y a los rayos del sol, así los cristianos deben aprender a vivir con Dios. No podemos maquillar una gran negligencia para vivir con Dios un breve tiempo de cosas espirituales el fin de semana”.


“Probablemente nada molesta e inquieta tanto al cristiano sincero, como el problema de esos periodos de sequía que le vienen ocasionalmente, no importa cuán fielmente trate de obedecer a Dios y caminar en la luz. Nunca puede predecirlos ni explicarlos. Y en esto radica su dificultad. Tal vez pueda ser de consuelo para alguien que se encuentre en medio del desierto emocional el saber que su experiencia no es única ni singular. Los santos más dulces y santificados que pisaron la tierra llenos de gracia, se encontraron alguna vez en ese lugar. En los libros devocionales que nos han legado los grandes hombres y mujeres de Dios de antaño, casi todos tienen al menos un capítulo dedicado a lo que ellos llaman “aridez” en la vida cristiana. La palabra misma nos arranca una sonrisa de simpatía, porque describe perfectamente la experiencia que muchos de nosotros conocemos demasiado bien. Nuestro corazón se siente “árido” y nada puede traer la lluvia. Es bueno saber que la sequía interna ha sido una experiencia común para los santos (…)

Tiempos como estos exigen que ejercitemos la fe. Los grandes y amenos momentos de deleite espiritual no requieren de mucha fe. Si nunca descendemos del monte de la bendición, fácilmente podríamos confiar en nuestra propia amenidad y en nuestros deleites en vez de en el inamovible e inquebrantable carácter de Dios. Es necesario, por lo tanto que nuestro Padre Celestial, quien vela por nosotros con todo cuidado, nos prive de Sus consuelos internos y retire nuestra comodidad a veces para enseñarnos que solo Cristo es la Roca sobre la cual deberíamos descansar y depositar nuestra confianza eterna.”

Fragmento tomado del libro “La Raíz de los Justos” de Aiden Wilson Tozer


Si mientras escuchamos un sermón hayamos una verdadera joya, de verdad debemos considerarnos altamente recompensados por el tiempo que hayamos invertido.

Descubrí una sola joya en el transcurso de un sermón que escuché hace algún tiempo. Del sermón obtuve una sola oración valiosa, y nada más, pero era tan excepcionalmente buena que lamento no recordar quien fue el predicador, para darle el crédito. Esto es lo que dijo: “No escuche a ningún hombre que falle en  escuchar a Dios”.

En un grupo de diez personas al menos nueve están seguras de creer que ellas están calificadas y capacitadas para ofrecer buenos consejos. No hay otro campo de interés en los humanos donde hay tanta gente lista para ofrecer asesoría como sobre moral y religión. Y aun así, es en este campo donde la persona común y corriente está menos capacitada para hablar con sabiduría y es capaz de causar el mayor daño cuando habla. Por esta razón deberíamos darnos el lujo de elegir con el mayor cuidado a nuestros consejeros. Esta selección inevitablemente va acompañada de la idea de rechazo.

David advirtió contra el consejo de los impíos, y la historia de la Biblia da ejemplos de hombres quienes fallaron en sus vidas por tomar el consejo equivocado. Roboham por ejemplo escuchó a otros hombres que no escuchaban a Dios y como consecuencia el futuro de todo Israel fue afectado adversamente. El consejo de Ahitofel fue cosa mala y añadió mucha iniquidad a Absalón. Ningún hombre tiene la razón como para ofrecer consejo si primero no ha escuchado a Dios hablar. El hombre que no está presto para oír y seguir el consejo del Señor no está listo para aconsejar a otros. La verdadera sabiduría moral debe siempre ser un eco de la voz de Dios. La única luz segura en nuestro camino es la luz que refleja a Cristo, la luz del mundo.

Es especialmente importante que los jóvenes aprendan quien es un consejero verdadero. Al haber pasado poco tiempo en el mundo, no tienen mucha experiencia y deben recurrir a otros por asesoría. Si ellos lo saben o no, todos los días aceptan opiniones de otros y las adoptan en su propia vida. Aquellos que presumen a voces su independencia tomaron de alguien la idea que la independencia es una virtud, y su impaciencia para ser individualistas es el resultado de la influencia de otros. Son lo que son por el consejo de quien siguieron.

Esta regla de solo seguir a quienes primero han escuchado a Dios nos salvará de la trampa. Todos los proyectos religiosos deberían ser probados así. En esta época de inusual actividad religiosa debemos guardar la calma y prepararnos. Antes de seguir a cualquier hombre deberíamos buscar el aceite en su frente. No estamos bajo obligación espiritual de ayudar a un hombre en su actividad si ésta no está marcada por la Cruz. Ninguna apelación a nuestros sentimientos y simpatías, ni historias tristes y patéticas, ni cuadros horribles, ni películas espantosas debieran movernos a invertir nuestro dinero o nuestro tiempo en esquemas promovidos por personas que están muy ocupadas para escuchar a Dios.

Dios tiene todavía sus hombres escogidos y, sin excepción alguna, son buenos oyentes que prestan atención y escuchan bien. Pueden oír cuando el Señor habla. Con toda seguridad y confianza podemos escuchar a dichos hombres y no a otros.

Fragmento tomado del libro “La Raíz de los justos” de Aiden Wilson Tozer


“El hombre que tiene a Dios por su posesión, tiene todo lo que es necesario tener. Podrá carecer de todos los tesoros materiales, o si los posee, estos no le producirán ningún placer especial. Y si los ve desaparecer, uno tras otro, apenas podrá sentir la pérdida, porque teniendo a Dios tiene la fuente de toda felicidad. No importa cuántas cosas pierda, de hecho no ha perdido nada. Todo lo que posee, lo posee en Dios, pura y legítimamente para siempre”.


Un cristiano no puede echar a otros la culpa de lo que le pasa. Una vida entera de observación, lectura de la Biblia y oración me ha llevado a la conclusión de que lo único que puede obstaculizar el progreso de un cristiano es aquel mismo cristiano. El verdadero hijo de Dios puede vivir y crecer en circunstancias totalmente desfavorables a esta vida y crecimiento. Las circunstancias externas de poco o nada pueden servir en la vida espiritual del cristiano. Toda la filosofía del camino espiritual nos exige que lo creamos. Por esta razón, es siempre malo inculpar a nadie o a nada por nuestros fracasos espirituales o morales. Dios ha ordenado las cosas de tal manera que sus hijos pueden crecer con tanto éxito en medio de un desierto como en la tierra más fértil. Es necesario que sea así, siendo como es que el mismo mundo es un campo en el que nada puede crecer excepto por algún milagro. El viejo himno hace esta pregunta retórica: «¿Es acaso este mundo un amigo de la gracia, que me pueda ayudar a seguir en pos de Dios?» Y la respuesta implicada es que no. La gracia opera sin la ayuda del mundo.

Poco importa lo retorcida que sea la vida de nadie, hay esperanza para él si sólo establece una actitud recta para con Dios y rehúsa admitir cualquier otro elemento en su pensamiento espiritual. Dios y yo; ahí está el comienzo y el fin de la religión personal. La fe rehúsa reconocer que haya o pueda haber jamás una tercera parte en esta santa relación.

La actitud es de suma importancia. Que el alma asuma una serena actitud de fe y de amor para con Dios, y desde entonces la responsabilidad es de Dios. Él cumplirá sus compromisos. No hay en la tierra un lugar solitario en el que no pueda vivir un cristiano y alcanzar la victoria espiritual, si Dios lo envía allí. El lleva consigo a su propio ambiente, o le es suplido sobrenaturalmente cuando llega allí. Por cuanto no depende para su salud espiritual de las normas morales locales ni de las actuales creencias religiosas, vive a través de un millar de cambios terrenos, sin quedar por ello afectado por ninguno de ellos. Tiene un suministro privado de lo alto, y es en realidad un pequeño mundo dentro de un mundo, y una gran maravilla para el resto de la creación.

Debido a que esto es así, podemos ver fácilmente por qué nunca debiéramos echar a otros la culpa de nuestros fracasos. El hábito de buscar una consolación barata echando la culpa de nuestro pobre comportamiento a las circunstancias desfavorables es un mal muy perjudicial, y no debiera ser tolerado ni por un minuto. Vivir una vida entera creyendo que nuestra debilidad interior era el resultado de una situación externa, y luego descubrir al final que éramos nosotros los que teníamos la culpa, es algo demasiado penoso para contemplarlo. Diez mil enemigos no pueden detener a un cristiano, ni siquiera frenarlo, si se enfrenta a ellos con una actitud de plena confianza en Dios. Para él vendrán a ser como la atmósfera que se resiste al avance del aeroplano, pero que debido a que el diseñador del aeroplano sabía cómo aprovechar esta resistencia, viene en realidad a coadyuvar a la elevación de la aeronave y a mantenerla en lo alto en su larga travesía a través de todo un océano. Lo que habría sido un enemigo para el aeroplano se convierte en un útil siervo para ayudarlo en su vuelo.

Lo principal a recordar es esto: Jamás deberíamos echar a nada ni a nadie la culpa de nuestras derrotas. No importa lo malas que sean las intenciones de ellos, son absolutamente incapaces de dañamos hasta que comencemos a inculparles y a emplearlos como excusa para nuestra incredulidad. Es entonces que se vuelven peligrosos; sin embargo, somos nosotros los que tendremos la culpa, y no ellos. Si esto parece un poco de mera teoría, recordemos que siempre los mayores cristianos han surgido de tiempos duros y de tensas situaciones. Las tribulaciones trabajaron en realidad, para coadyuvar en su perfeccionamiento espiritual en cuanto a que les enseñaron a no confiar en sí mismos sino en el Señor que levantó a los muertos. Aprendieron que el enemigo no podía detener su avance a no ser que se rindieran a los apremios de la carne y comenzaran a quejarse. Y lentamente aprendieron a dejar de quejarse y a comenzar a alabar. ¡Es así de sencillo… y eficaz!

Tomado del libro Caminamos por una Senda Marcada de Aiden Wilson Tozer


Podría ser una experiencia humillante para algunos de nosotros los hombres que se nos dejara ver cuánto de valor espiritual permanente está siendo llevado a cabo por las mujeres en las iglesias. Como en los días de su carne. Cristo sigue teniendo devotas seguidoras que van bien dispuestas en pos de Él y que le sirven.

La tendencia masculina a tener en menos a estas «damas elegidas» no habla demasiado bien de los miembros varones de la comunidad espiritual. Nos conviene algo más de humildad, y también un poco de gratitud. Si la oración es (como creemos en verdad) una parte integral del esquema general divino de las cosas, y tiene que ser ofrecida si se debe llevar a cabo la voluntad de Dios, entonces las oraciones de las miles de mujeres que se reúnen cada semana en nuestras iglesias son de valor inestimable para el reino de Dios. Que tengan más poder, y que su número se incremente diez veces. Pero guardémonos de no caer en el pusilánime hábito de depender de que las mujeres de la iglesia oran por nosotros. Si nuestro trabajo nos impide, como sucede normalmente, celebrar reuniones de oración durante el día, compensémoslo de alguna manera, y cuidémonos de que oramos tanto como debiéramos.

La oración no es una tarea que pueda ser encomendada a uno u otro grupo en la iglesia. Es responsabilidad de cada uno de nosotros; es el privilegio de cada uno de nosotros. La oración es la respiración de la iglesia; sin ella nos asfixiamos, y al final morimos, como un cuerpo vivo que se vea privado del aliento de la vida. La oración no conoce sexo, porque el alma no tiene sexo, y es el alma la que debe orar. Las mujeres pueden orar, y sus oraciones recibirán respuesta; pero lo mismo puede orar el varón, y así debieran hacerlo si quieren llenar el puesto que Dios les ha dado en la iglesia.

Guardémonos de que no nos deslicemos imperceptiblemente a un estado en el que las mujeres oran y los varones dirigen las iglesias. Los hombres que no oran no tienen derecho alguno a dirigir asuntos de la iglesia. Creemos en el liderazgo de hombres dentro de la comunidad espiritual de los santos, pero este liderazgo debiera ser alcanzado por valía espiritual. El liderazgo exige visión, ¿y de dónde vendrá la visión excepto de horas pasadas en la presencia de Dios en oración ferviente y humilde? En igualdad de condiciones, una mujer que ora conocerá la voluntad de Dios para la iglesia mucho mejor que un hombre que no lo hace.

No abogamos aquí por la entrega de las iglesias a las mujeres, pero sí que abogamos por un reconocimiento de los apropiados requerimientos para el liderazgo entre los varones si es que quieren seguir decidiendo la dirección que las iglesias deben tomar. El accidente de ser varón no es suficiente. Sólo la hombría espiritual califica para ello.

«Buscaos, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo» (Hechos 6:3). Los hombres escogidos como consecuencia de esta instrucción se convirtieron en los primeros diáconos de la iglesia. Así fue como la dirección de ciertos asuntos de la iglesia fue encomendada a hombres espiritualmente calificados. ¿No deberíamos nosotros mantener hoy día la misma norma?

Tomado de Caminamos por una senda marcada de Aiden Wilson Tozer


La credulidad y la fe son, respectivamente, como hongos venenosos y comestibles; lo suficientemente cercanos en apariencia para ser confundidos, pero tan desemejantes que sus efectos son precisamente los opuestos. El verdadero hombre de fe es raramente crédulo, y el crédulo raramente tiene verdadera fe.

La fe pertenece a los de corazón sencillo, la credulidad a los simples de mente. Y están a universos de distancia. Los primeros honran a Dios creyendo sus promesas frente a toda la evidencia; los segundos son hijos de la superstición, y no dan honra a nadie. En lugar de ello, revelan unos hábitos mentales desordenados y ausencia de percepción espiritual. Es asombroso lo que la gente puede llegar a creer cuando se lanzan a ello. Con toda razón consideran un pecado dudar de la Biblia, por lo que rehúsan rechazar nada que sea servido juntamente con la Biblia, por ridículo y antiescriturario que sea. Si la historia tiene un halo de maravilla a su alrededor, estos amigos acríticos la aceptarán sin dudarlo y la repetirán con una voz llena de asombro y con mucho temblor solemne y las cabezas inclinadas. Multipliquemos estas personas en cada iglesia determinada, y tendremos un terreno perfecto para todo tipo de falsas enseñanzas y excesos del fanatismo.

Tenemos que cultivar un sano escepticismo hacia todo lo que no pueda ser sustentado por la llana enseñanza de la Biblia. La creencia es fe únicamente cuando tiene por su objeto la verdad revelada de Dios; más allá de esto puede ser tan perjudicial como la misma incredulidad.

Muchas de las historias que se cuentan para justificar los caminos de Dios con el hombre pueden en realidad no demostrar otra cosa que la endeblez de la fibra intelectual del orador. Pero si se prohibieran todas las superficialidades y todos los cuentos de viejas, muchos predicadores se verían excluidos del ministerio. Es una verdadera lástima que el público cristiano tenga que verse obligado a escuchar tantas tonterías y que sea impotente para hacer nada acerca de ello. Lo cierto es que la Palabra de Dios no necesita el apoyo de los hombres, se levanta sola, fuerte y majestuosa como el Cervino. Cuando pedimos la ayuda de historias de nodrizas y pobres ilustraciones para demostrar su veracidad, no hacemos nada más que revelar nuestra oculta incredulidad y airear nuestra débil credulidad.

Tomado de Caminamos por una senda marcada de Aiden Wilson Tozer


El éxito es costoso en cualquier campo, pero el que esté dispuesto a pagar el precio puede alcanzarlo. El pianista de conciertos tiene que esclavizarse a su instrumento. Debe estar sentado delante de él cuatro horas cada día cinco días a la semana. El científico tiene que vivir para su trabajo. El filósofo tiene que dedicarse apensar, y el académico a sus libros. El precio puede parecer excesivamente caro, pero los hay que consideran que la recompensa vale la pena.

Las leyes del éxito operan asimismo en el más elevado campo del alma: la grandeza espiritual tiene su precio. La eminencia en las cosas del Espíritu exige una devoción a estas cosas más completa que la que muchos de nosotros estamos dispuestos a dar. Pero no se puede escapar a esta ley. Si queremos ser santos, sabemos la manera; delante de nosotros está la ley de la vida santa. Los profetas del Antiguo Testamento, los apóstoles del Nuevo y, más aún, las sublimes enseñanzas de Cristo, están ahí para decirnos cómo alcanzar el éxito.

Debido a una mala comprensión de la doctrina de la gracia, algunos rehuyen la idea de que las leyes de Dios operan en el reino de los cielos. Establecen una radical dicotomía entre las cosas naturales y las espirituales, y rehúsan admitir ninguna relación entre ellas. Para hacerlo así tienen que pasar por alto el hecho de que los escritores de la Biblia, en todas sus enseñanzas, recurrieron copiosamente a las fuentes de la vida común. Para ellos, toda la naturaleza proclamaba el mensaje de Dios: desde la humilde hoja de hierba junto al camino hasta el sol y las estrellas en el alto cielo. Reyes y granjeros ofrecían ilustraciones acerca de los caminos de Dios; la hormiga y el gorrión dieron su contribución; el insensato aparece como horrible ejemplo, y el perezoso sentado en su casa en ruinas o andando entre las hileras de su mustio maíz servía como deprimente ejemplo de lo que podía hacer la pereza al hombre que no estuviera dispuesto a vencerla. El propietario que comenzaba a construir sin haber antes contado el costo, el rey que comenzaba una guerra sin saber que la ganaría, el granjero que puso la mano en el arado y que luego cambió de opinión y miró atrás, todos éstos son ejemplos que se nos dan en la Biblia, y todos ellos nos dicen lo mismo: que la espiritualidad tiene dentro de ellos un sólido núcleo de inteligencia, que el éxito de la vida de la fe exige sentido común, trabajo duro y una sabia cooperación con la ley de causa y efecto.

La cantidad de holgazanería practicada por el cristiano medio en las cosas espirituales arruinaría a un pianista de concierto si se permitiera hacer lo mismo en el área de la música. La ociosidad que vemos en los círculos eclesiales acabaría con la actividad de un futbolista en una semana. Ningún científico podría resolver su intrigante problema si se tomara tan poco interés en él como el que se toman los cristianos en general en el arte de ser santos. La nación cuyos soldados fueran tan blandengues e indisciplinados como los soldados de la iglesiase vería derrotada por el primer enemigo que la atacara. Los triunfos no los logran hombres cómodamente arrellanados en butacones. El triunfo es costoso.

Si querernos progresar espiritualmente, debemos separarnos para las cosas de Dios y concentrarnos en ellas con exclusión de miles de cosas que el mundano considera importantes. Tenemos que cultivar nuestra relación con Dios en la soledad y en el silencio; tenemos que hacer del reino de Dios la esfera de nuestra actividad y trabajo como un granjero en su campo, como un minero en la tierra.

Fragmento del libro Caminamos por una senda marcada de Aiden Wilson Tozer


“Dios está presente en todo punto del espacio, si no podemos ir a ningún lugar donde él no esté, si ni aun podemos concebir lugar alguno donde Dios no se encuentre, ¿por qué entonces dicha Presencia universal no es la más celebrada verdad del mundo? (…) Las gentes no saben que Dios está aquí. ¡Qué diferente sería todo si lo supiesen!

¿Por qué algunas personas hallan a Dios en una manera que otros no pueden? ¿Por qué Dios manifiesta su Presencia a algunos pocos, y deja inmensas multitudes en la media luz de una experiencia cristiana imperfecta? Por supuesto, Dios desea lo mismo para todos. Él no tiene favoritos dentro de su familia. Lo que hace por una de sus criaturas, puede hacerlo por cualquier otra. La diferencia no la hace Dios, sino nosotros.

Escojamos al acaso una veintena de grandes santos cuyas vidas son conocidas de todos. Estos pueden ser personajes bíblicos o de la historia de la iglesia. Nos llamará la atención el hecho de que siendo todos ellos santos, no todos son iguales. En algunos casos la diferencia es tan notable que llama poderosamente la atención. Por ejemplo, cuan diferente fue Moisés de Isaías, Elías de David, Pablo de Juan, San Francisco de Asís de Martín Lutero, Tomás de Kempis de Carlos Finney. La diferencia entre ellos es tan grande como la vida humana: diferencia de raza, de nacionalidad, de cultura, de temperamento, de costumbres, de cualidades personales. Sin embargo todos ellos, día tras día, anduvieron en la elevada senda de la vida espiritual, por encima del camino común de los demás. La diferencia entre ellos era puramente incidental, y nada significaba a los ojos de Dios En alguna cualidad vital, ellos eran idénticos. ¿Cuál era esa? Me aventuraría a decir que la cualidad vital que los unía era la receptividad espiritual. Había en ellos algo que siempre estaba abierto para el cielo; algo que los impelía hacia Dios. Sin intentar hacer ningún análisis de ellos, diré únicamente que tenían comprensión, espiritual, y que la cultivaron de tal modo que llegó a ser lo más grande de sus vidas.

La diferencia entre ellos y el resto de los mortales consistió en su deseo de vivir en comunión con Dios, e hicieron todo lo que estuvo a su alcance para lograrlo. Durante toda su vida tuvieron el hábito de responder a lo espiritual. No desobedecieron la visión celestial. Como lo dice el salmista David, “Mi corazón ha dicho de ti, Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, oh Jehová” Como en todo lo bueno de la vida humana, detrás de esa actitud receptiva está Dios. La soberanía de Dios está allí, y la sienten aun aquellos que le dan mayor importancia teológica.

Importante como es el hecho de que Dios está trabajando con nosotros, quiero advertir que no pongamos demasiada atención en ello. Puede conducir a una estéril pasividad. Dios no nos exige que comprendamos los misterios de la elección, predestinación ni la divina soberanía. La mejor manera de encarar estas verdades es levantar los ojos al cielo y decir: ” ¡Oh, Señor, tú lo sabes!” Son cosas que pertenecen a la profunda y misteriosa omnisciencia de Dios. La investigación de estos misterios podrá formar teólogos, pero jamás santos.

UNA GENERACIÓN DE BUSCADORES SUPERFICIALES

La generación de cristianos que ha crecido entre botones eléctricos y computadoras se impacienta cuando se le pide que emplee métodos más lentos. La verdad es que hemos estado tratando de emplear métodos mecánicos en nuestras relaciones con Dios. Leemos apresuradamente la porción bíblica marcada en el cuaderno, y luego salimos corriendo a la reunión evangélica para escuchar a un aventurero religioso venido de lejanas tierras, pensando que eso aliviará nuestros problemas espirituales.

Los resultados trágicos de estas cosas los vemos en todas partes: en la vida superficial que viven muchas personas tituladas cristianas, en la filosofía hueca que sostienen y el elemento frívolo y burlesco que predomina en las reuniones evangélicas, en la exaltación del hombre y en la fe que se pone en los actos puramente externos; en los “compañerismos” religiosos y parecería con enemigos del evangelio, y en los medios comerciales que se emplean para hacer la obra de Dios. Todos estos son síntomas de una grave enfermedad, una enfermedad que afecta la misma alma del cristiano.

Ninguna persona es responsable directa de esta enfermedad. Más bien, todos somos un poco culpables de ella. Todos hemos contribuido, directa o indirectamente, a este estado de cosas. Hemos sido demasiado ciegos para ver, o demasiado tímidos para hablar, o demasiado egoístas para no desear otra cosa que esa pobre dieta con la cual otros parecen quedar satisfechos. Para decirlo de otro modo, aceptamos las ideas de unos y otros, imitamos las vidas de otros, y aceptamos lo que ocurre a otros como el modelo para nosotros.

Por toda una generación hemos estado descendiendo. Nos encontramos ahora en un sitio bajo y arenoso, donde solo crece un pasto pobre, y hemos hecho que la Palabra de Dios se ajuste a nuestra condición, y todavía decimos que este es el mejor alimento de los bienaventurados. Se requiere firme determinación, y bastante esfuerzo, para zafarse de las garras de nuestro tiempo y volver a los tiempos bíblicos. Pero es posible hacerlo. Los cristianos del pasado tuvieron que hacerlo así. La historia relata algunos de esos regresos en gran escala, encabezados por hombres tales como San Francisco, Martín Lutero y Jorge Fox. Desgraciadamente, en estos días no parece vislumbrarse ningún varón de la talla de estos.

Si vendrá o no vendrá un hombre de estos, es algo en que los cristianos no están bien de acuerdo, pero eso no importa. No pretendo saber todo lo que Dios hará con este mundo, pero creo saber lo que hará con el hombre o la mujer que individualmente le busca, y puedo decirlo a otros. Dejad a cualquier hombre volverse a Dios, dejadle que se ejercite en la santidad; que trate de desarrollar sus facultades espirituales con fe y humildad, y ya veréis los resultados, mucho mayores que en los días de flaqueza y debilidad.

Cualquier cristiano que sinceramente se vuelve a Dios, rompiendo el molde en el cual ha estado encerrado, y recurre a la Biblia con el objeto de hallar en ella sus normas espirituales, será dichoso con sus hallazgos.

ORACIÓN

¡Oh Dios y Padre! Me arrepiento de mi excesiva preocupación por las cosas materiales. He estado demasiado enredado en las cosas del mundo. Tú has estado aquí, y yo no me he dado cuenta de ello. He estado ciego, y no te he visto. Abre mis ojos, para que pueda verte en mí y alrededor de mí. Por amor de Jesús, amén.”

Adaptación de un fragmento tomado del libro LA BÚSQUEDA DE DIOS de Aiden Wilson Tozer.


“Un cristiano es espiritual (maduro) cuando ve todas las cosas desde la óptica de Dios. La capacidad de sopesar las cosas en la báscula divina y darles el mismo valor que Dios les da es la señal de una vida llena del Espíritu.

Dios mira a una cosa a través de ella al mismo tiempo. Su mirada no se queda en la superficie, sino que penetra hasta encontrar el verdadero significado de las cosas. El cristiano carnal (inmaduro) mira a un objeto o a una situación, pero porque no puede mirar a través de este, se regocija o se deprime por lo que ve. El hombre espiritual es capaz de mirar a través de las cosas como Dios las mira y pensar en ellas como Dios piensa. Insiste en ver todas las cosas como Dios la ve, incluso si eso le humilla y expone su ignorancia hasta el punto del sufrimiento.”

Fragmento tomado de SEÑALES DEL HOMBRE ESPIRITUAL de Aiden Wilson Tozer.


corazón mano“Hay algo que está oculto y que provoca esa frialdad. ¿Qué es ese algo? No es otra cosa que el velo de separación que conservamos en el corazón. Este velo impide que veamos el rostro de Dios. Y no es otro que el velo de nuestra naturaleza humana caída, que aún no ha sido juzgada, crucificada y repudiada dentro de nosotros. Es el velo, de la supervivencia de nuestro “yo,” que nunca hemos querido doblegar, y que no hemos sometido a la crucifixión. Este velo sombrío nada tiene de misterioso, ni es difícil identificarlo. Basta que echemos una mirada a nuestro corazón para que lo veamos, recosido y remendado y reinstalado, verdadero enemigo de nuestra vida y real impedimento de nuestro progreso espiritual.

Este velo no es bonito, y no nos gusta hablar de él. Pero me estoy dirigiendo a almas sedientas que se han determinado seguir a Dios, y yo sé que ellas no se volverán atrás porque el camino pasa a través de cerros sombríos. La urgencia de Dios que sienten en su interior los impulsará a seguir. Harán frente a los hechos, por desagradables que éstos sean, y soportarán la carga de la cruz por el gozo que les espera. Por eso me atrevo a mencionar los hilos con los cuales se ha tejido ese velo interior.

Está entretejido con los delicados hilos del egoísmo, cruzados con los pecados del espíritu humano. Esto no es algo que nosotros hacemos, sino algo que nosotros somos, y en esto reside su sutileza y poder.

Para ser específicos, estos pecados del ser interior son la justificación propia, la propia conmiseración, la autosuficiencia, la admiración de sí mismo y el amor propio. Y otra cantidad de pecados semejantes. Ellos están tan profundamente metidos en nuestra naturaleza, y son tan semejantes a nuestro modo de ser que es muy difícil verlos, hasta que la luz de Dios se enfoca sobre ellos. Las manifestaciones más groseras de estos pecados, egoísmo, exhibicionismo, auto alabanza, que exhiben aun grandes líderes cristianos, son toleradas en los círculos más ortodoxos, aunque parezca extraño que lo digamos. Muchas personas llegan hasta identificarlos con el evangelio. No es cinismo decir que dichas cualidades han llegado a ser requisito imprescindible para lograr popularidad y prestigio. La exaltación del individuo, más que la de Cristo, es tan común que a nadie le llama ya la atención.

Podría suponerse que la correcta enseñanza de la depravación humana y la justificación en Cristo, nos librarían de estos feos pecados, pero no es así. El pecado del yoísmo es tan presuntuoso que puede medrar al lado mismo del altar. Puede ver morir a la sangrante Víctima, sin inmutarse en lo más mínimo. Puede defender con calor las doctrinas fundamentales y predicar con elocuencia la salvación por gracia, y sentirse halagado por estos esfuerzos. Hasta el mismo deseo de buscar a Dios parece servir para que el yoísmo se afirme y crezca.

El “yo” es el velo opaco que nos oculta el rostro de Dios. Lo único que puede quitarlo es la experiencia espiritual, nunca la instrucción religiosa. Tratar de hacerlo así es como querer curar el cáncer con tratados de medicina. Antes que seamos librados de ese velo, Dios tiene que hacer una obra destructiva en nosotros. Tenemos que invitar a la cruz que haga su obra dentro de nosotros. Debemos poner nuestros pecados del “yo” personal delante de la cruz para que sean juzgados. Debemos estar dispuestos a sufrir cierta clase de sufrimientos, tales como los que sufrió Jesús cuando estuvo delante de Pilato.

Tengamos en cuenta que al hablar de rasgar el velo, estamos usando una figura poética que es placentera, pero la experiencia real en sí nada tiene de agradable. En la experiencia humana ese velo se forma de tejidos espirituales vivientes; está constituido de ese material sensible y vacilante que es nuestro ser. Cualquier cosa que lo toca nos hiere a nosotros con vivo dolor. Arrancar ese velo es hacernos daño, nos lastima y nos hace sangrar. Decir otra cosa es hacer que la cruz no sea cruz y la muerte no. sea muerte. Nunca será divertido morir. Desgarrar la tela de que está compuesta la vida nunca dejará de ser doloroso. Pero eso es lo que la cruz significó para Jesús y es lo que debe significar para nosotros.

Tengamos cuidado de no tratar chapuceramente con nuestra vida interior con la esperanza de rasgar nosotros mismos el velo. Dios tiene que hacer eso. La parte nuestra debe ser entregarnos y confiar. Debemos confesar, desechar, resistir nuestros antojos y egoísmos, y darnos por co-crucificados con Cristo. Pero esta co-crucifixión no debe ser una laxa “aceptación” de Cristo, sino una verdadera obra hecha por Dios. No podemos conformarnos solamente con creer en una bonita y agradable doctrina de la crucifixión del yo. Si esto hiciéramos, estaríamos imitando a Saúl, que sacrificó algunas cosas, pero reservó para sí lo mejor del despojo.

Insistamos en que la obra sea hecha conforme a la mejor doctrina y también en la más completa realidad. La cruz es tosca, y mortal, pero es efectiva. No deja a las víctimas colgando indefinidamente de ella. Llega el momento cuando la obra queda consumada y la víctima muere. Es después de la muerte que viene el gozo de la resurrección y la alegría de ver rasgado el velo. Entonces olvidamos los dolores que ha costado, y disfrutamos de la gloria de la presencia del Dios vivo.”

Fragmento tomado del Libro La Búsqueda de Dios de Aiden Wilson Tozer.


“En nuestros pulpitos falta calidad espiritual. Es algo patético, y lamentable, ver a los hijos de Dios sentados a la mesa del Padre y desfalleciendo de hambre. Se confirma la sentencia de Wesley, “La ortodoxia o correcta opinión, es, después de todo, parte muy endeble de la religión. Si bien es cierto que nadie puede tener buen carácter sin tener buenas opiniones, es posible tener buenas opiniones sin tener buen carácter. Se pueden tener excelentes opiniones acerca de Dios sin que ello signifique que se lo ama o se desee servirle. Satanás es una prueba de ello.”

Gracias a la notable difusión de la Biblia que se ve hoy en día mucha gente tiene correctas opiniones, quizá más que nunca antes en la historia. Sin embargo me pregunto si hubo alguna vez un tiempo en que la temperatura espiritual estuvo en un grado tan bajo. En grandes sectores de la iglesia se ha perdido el arte de la verdadera adoración, y en su lugar han puesto una cosa extraña y espuria llamada “programa” Esta palabra ha salido del teatro y el circo, y se la aplica lamentablemente al tipo de servicios que hoy pasan por “adoración.”

La exposición sana y correcta de la Biblia es imperativa en la iglesia del Dios vivo. Sin ella ninguna iglesia puede ser una iglesia neotestamentaria en el estricto sentido del término. Pero dicha exposición puede hacerse de manera tal que deje a los oyentes vacíos de verdadero alimento espiritual. Las almas no se alimentan solo de palabras, sino con Dios mismo, y mientras los creyentes no encuentren a Dios en una experiencia personal, las verdades que escuchen no les harán ningún bien. Leer y enseñar la Biblia no es un fin en sí mismo, sino el medio para que lleguemos a conocer a Dios, y que podamos deleitarnos con su presencia y gustemos cuan dulce y grato es sentirle en el corazón”.

Fragmento tomado del Libro La Búsqueda de Dios de Aiden Wilson Tozer.


Salmos 42:1-2

“Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, Así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?”

ResplandorEl hombre, antes que busque a Dios, Dios está buscándole. Buscamos a Dios porque él ha puesto en nosotros deseos de dar con él. “Nadie puede venir a mi —dijo el Señor Jesús- si mi padre celestial no le trajere” Y es esa atracción de Dios lo que nos quita todo vestigio de mérito por haber acudido a él. El impulso de salir en busca de Dios emana del propio Dios, pero el resultado de dicho impulso es que sigamos ardorosamente en pos de él.

Desafortunadamente todo el procedimiento de la conversión ha llegado a ser una cosa mecánica y sin espíritu. La fe, según dicen, puede llegarse a ejercer sin que tenga nada que ver con los actos de la vida, y sin turbar para nada al yo adámico. Se puede “recibir” a Cristo sin entregarle el alma ni tenerle amor alguno. El alma es salvada, pero no llega a sentir hambre y sed de Dios. Los que sostienen tal doctrina reconocen que el alma es capaz de contentarse con muy poco.

Con todo esto corremos peligro de perder a Dios entre las maravillas de su Palabra. Casi hemos olvidado que Dios es Persona, y que, por tanto, puede cultivarse su amistad como la de cualquier persona. Es propio de la persona conocer a otras personas, pero no se puede conocer a una a través de un solo encuentro. Solo al cabo de prolongado trato y compañerismo se logra en pleno conocimiento.

Cuando estamos en el pecado, carecemos de ese poder, pero cuando el Espíritu nos da vida en la regeneración, todo nuestro ser siente el parentesco con Dios. Y gozoso se apresura a reconocerlo. Este es el nacimiento celestial sin el cual no podemos ver el reino de Dios. Pero la regeneración, o nuevo nacimiento, no es el fin del proceso sino simplemente el principio. Es el mero momento cuando comenzamos la búsqueda, la feliz exploración que hace el alma en busca de las inescrutables riquezas de la Divinidad. Es ahí donde comenzamos, pero nadie puede decir dónde nos detendremos, pues las misteriosas profundidades de Dios, Trino y Único, no tienen fin.

Acerquémonos a los santos hombres y mujeres del pasado, y no tardaremos en sentir el calor de su ansia de Dios. Gemían por él, oraban implorando su presencia, y le buscaban día y noche, en tiempo y fuera de tiempo. Y cuando lo hallaban, les era tanto más grato el encuentro cuanto había sido el ansia con que lo habían buscado. Moisés se valió de que ya conocía a Dios para pedir conocerle más: “Ahora pues, si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos” (Éxodo 33: 13). Y después se atrevió a hacer una solicitud aún más atrevida: “Te ruego que me muestres tu gloria” (vs. 18). A Dios le agradó este despliegue de ardor, y al día siguiente le dijo a Moisés que subiera al monte, y allá le hizo ver toda su gloria.

La vida de David fue un torrente de deseos espirituales. En sus salmos abundan los clamores del que busca y las exclamaciones del que encuentra. Pablo afirma que el más grande deseo de su corazón era hallar a Cristo: “y ciertamente aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y tengo por basura, para ganar a Cristo” (Filipenses 3:8).

Es trágico que dejemos la búsqueda de Dios a unos pocos maestros en lugar de realizarla cada uno de nosotros. Nuestra vida cristiana depende del acto inicial de “aceptar” a Cristo (una palabra, de paso, que no se encuentra en la Biblia) y no esperamos que haya después ninguna otra revelación de Dios a nuestras almas. Hemos caído en las redes de la falsa lógica que dice que si ya tienes a Dios, no necesitas buscarle. Tal argumento se presenta como la flor y nata de la ortodoxia, y se da por sentado que ningún cristiano instruido en la Biblia cree otra cosa. Por eso hacen a un lado toda sincera y afanosa búsqueda de comunión espiritual con Cristo, haciendo que los cultos sean meras formalidades sin vida. La vida religiosa, fría y mecánica que vivimos es lo que ha producido la muerte de esos deseos. La complacencia es la enemiga mortal de todo crecimiento espiritual.

Cada siglo tiene sus propias características. Actualmente estamos en una época de complejidad religiosa. Es muy raro encontrar la sencillez de Cristo. Esta ha sido reemplazada por planes, métodos, organizaciones y un mundo de actividades frenéticas que se llevan todo nuestro tiempo y atención, pero que no satisfacen los anhelos del alma. La escasa profundidad de nuestra experiencia, lo hueco de nuestro culto, y la manera servil como imitamos al mundo, todo indica el superficial conocimiento que tenemos de Dios. Y que es muy poco lo que sabemos acerca de su paz. Si queremos hallar a Dios en medio de tanta aparatosidad religiosa, lo primero que debemos hacer es encontrarlo a él, para luego seguir en pos de él con toda sencillez.

La mala costumbre de buscar a Dios junto con otras cosas, nos impide hallarle a él mismo, y que nos revele toda su plenitud. Es en esas otras cosas donde está la causa de nuestra desdicha. Si dejamos esa vana búsqueda adicional muy pronto encontraremos a Dios, y en él hallaremos todo lo que anhelamos.

El autor del clásico libro inglés The Cloud of Unknowing (“La Nube de lo Desconocido”), nos dice como podemos hacerlo: “Eleva tu corazón a Dios con amor humilde y sincero, y búscalo a él, y no a sus dones.

Piensa en Dios y busca solo a Dios, solo por lo que Dios es. Esta es la obra del alma que más agrada a Dios!’ También recomienda el mismo autor que al orar nos despojemos de ‘todo, hasta de nuestra teología, pues ”basta la intención desnuda que se dirige a Dios sin apelar a ningún otro recurso, sino dependiendo únicamente de él.”

Cuando Dios dividió la tierra de Canaán entre las tribus de Israel, Leví no recibió ninguna porción. A esta tribu Dios le dijo simplemente “Yo soy tu parte y tu heredad” (Números 18:20). Y por esta palabra Leví fue más rico que ninguna de las otras tribus, y que todos los reyes del mundo. Aquí hay un principio espiritual que continúa en vigor en el Nuevo Testamento. El hombre que tiene a Dios por su posesión, tiene todo lo que es necesario tener. Podrá carecer de todos los tesoros materiales, o si los posee, estos no le producirán ningún placer especial. Y si los ve desaparecer, uno tras otro, apenas podrá sentir la pérdida, porque teniendo a Dios tiene la fuente de toda felicidad. No importa cuántas cosas pierda, de hecho no ha perdido nada. Todo lo que posee, lo posee en Dios, pura y legítimamente para siempre.

Fragmento tomado del Libro La Búsqueda de Dios de Aiden Wilson Tozer.