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El último enemigo que será destruido es la muerte. 1 Corintios 15: 26

La muerte es el último enemigo de cada cristiano y el último que será destruido. Ahora bien, si la Palabra dice que es el último, quiero recordarte algo de la sabiduría práctica: deja que sea el último. Hermano, no pretendas alterar el orden, sino deja que lo último sea lo último. Conocí un hermano que quería vencer la muerte mucho antes de que esta llegara. Pero, hermano, no recibirás la gracia para los últimos momentos de tu vida hasta que estos no lleguen. ¿Qué beneficio tendría recibir la gracia para la hora de la muerte mientras todavía vives? Solo necesitas un bote cuando llegas a un río. Pide la gracia para vivir y así glorifica a Cristo mediante ella, y entonces tendrás la gracia para la hora de la muerte cuando esta llegue. Tu enemigo será destruido, pero no hoy.

Algunos santos antes de morir han dicho que su lecho de muerte ha sido el mejor que tuvieron en sus vidas. Muchos de ellos se han preguntado: “Dime, alma mía, ¿esto es la muerte?”. Morir ha sido algo tan diferente de lo que esperaban, tan tranquilo y gozoso; se sienten tan libres de toda carga, se sienten tan alivianados en vez de sentirse abrumados, que se han cuestionado si ese es el monstruo que han temido durante toda su vida. ¡Nuestro Señor exaltado ha vencido la muerte en todo sentido!

Hay una gran cantidad de enemigos que enfrentar hoy, así que confórmate con dejar tranquila a la muerte por un rato. Este enemigo será destruido pero desconocemos el tiempo en que esto sucederá; lo que tenemos que saber es que somos llamados a ser buenos soldados de Jesucristo según lo requiera el deber de cada día. ¡Mi hermano, enfrenta tus pruebas a medida que vengan!  En el tiempo propicio Dios te ayudará a vencer a tu último enemigo, pero mientras tanto ocúpate de vencer al mundo, la carne y el diablo. Si vives bien, morirás bien.

Tomado del libro devocional “A los pies del maestro” de Charles Spurgeon.


Fuente: Gregorio Polanco

 


Fuente: Gregorio Polanco

 


Muchas personas cometen un gran error en cuanto a la salvación, confunden el significado del término, y para ellas la salvación significa ser libradas del infierno. Ahora bien, el significado correcto de la salvación es la purificación de la maldad. En realidad, un hombre no tiene muchos deseos de ser salvo si todo lo que quiere es escapar del castigo que sus ofensas merecen. ¿Acaso ha existido algún asesino que no deseara librarse de la horca? Cuando un hombre comete un hecho de brutal violencia, y prepara su espalda para recibir los azotes, puedes estar seguro que se arrepiente de haber hecho lo que hizo, es decir, se arrepiente, porque tiene que sufrir por ello, pero eso es todo, y es un todo bastante pobre. No lamenta el daño que causo a su víctima inocente, el haberla perjudicado de por vida. ¿Cuál es el valor de tal arrepentimiento?

¿Deseas tener un corazón nuevo? ¿Deseas ser como Dios quisiera que fueras: justo, amoroso, amable, casto, según el ejemplo del gran Redentor? De ser así, entonces tu deseo proviene de Dios, pero si todo lo que quieres es morir sin temor a despertar en el otro mundo en medio de un horrible lugar de tormento, y eso es todo, no hay nada de gracia en ello, y no te sorprendas si te digo que no sabes lo que significa la salvación. Busca la salvación como el reino de Dios dentro de ti, búscala de esa forma y hazlo ahora, y Dios no te la negará.

Charles Spurgeon.


“Nunca desmayes en la oración. Cuando no tienes deseos de orar, es una alerta de que debes orar más. Ningún hombre tiene tanta necesidad de orar como aquel a quien no le interesa hacerlo. Si puedes orar por largo rato, entonces no representa ningún sacrificio para ti, pero si no puedes y no deseas orar, entonces tienes que orar o el malvado se aprovechará de tu situación. Él está listo para arruinar a aquel que se olvida del trono de la misericordia, cuando el corazón se muestra apático ante la oración, el hombre está padeciendo una peligrosa enfermedad. ¿Cómo puede cansarse de orar? Esto es esencial para la vida. Si alguien se cansa de respirar, de seguro está a punto de morir; si alguien se cansa de orar, tenemos que orar mucho por él, porque está corriendo un gran riesgo”. Charles Spurgeon

Tomado del libro devocional “A los pies del maestro” compilado por Audie Lewis.


A mí no me sorprendería que aquellos israelitas que nacieron en el desierto y que habían recogido el maná todas las mañanas, durante años, dejasen de maravillarse ni de ver la mano de Dios en él. ¡Qué estupidez tan vergonzosa! Hay muchas personas que han tenido que vivir con lo justo, y de ese modo han podido ver la mano de Dios en cada pedazo de pan, pero esas personas han logrado finalmente prosperar, por la bondad de Dios, en este mundo,  y han obtenido unos ingresos regulares sin preocupación ni esfuerzo, y no ha pasado mucho  tiempo antes de que estas personas  lo considerasen  como el  resultado  natural  de  su  propio esfuerzo  y ya no ha brotado  de ellas  la  alabanza  y el  amor  hacia  el  Señor.  El tener  que  vivir  sin  la  presencia consciente del Señor es una situación realmente terrible. ¡Sus necesidades han quedado cubiertas, pero no por la mano de Dios! ¡Han sido sostenidos, pero sin la ayuda de Dios! Mucho mejor sería estar en la pobreza, la enfermedad o exilados, y de esa manera sentimos deseosos de buscar a nuestro Padre celestial. A fin de evitar el que nos encontremos  bajo la maldición de olvidar a Dios,  al  Señor le  ha placido  el  conceder  sus mejores  bendiciones,  pero  en relación  con sus propias promesas, y el hacer que depositemos nuestra fe en ellas. Él no va a permitir que sus misericordias se conviertan en velos que oculten su rostro de los ojos de nuestro amor, sino que las convierte en ventanas por medio de las cuales nos puede mirar. Se ve al que ha hecho la Promesa en dicha promesa y nos fijamos para ver su mano en la realización y, de esa manera, nos salvamos del ateísmo natural que anida en el corazón del hombre.

Fragmento tomado del libro Según la Promesa de Charles Spurgeon


 

«La salvación pertenece a Jehová» (Jonás 2:10). Jonás aprendió esta frase de excelente teología en una extraña escuela. La aprendió en el vientre de una ballena, en los cimientos de los montes, con las algas enredadas a su cabeza, cuando creía que la tierra había echado sus cerrojos sobre él para siempre. La mayoría de las grandes verdades de Dios han sido aprendidas en la tribulación; han tenido que sernos grabadas al fuego con el ardiente hierro de la aflicción, de otra manera en modo alguno las hubiéramos recibido. Nadie es competente para juzgar en los asuntos del reino, si antes no ha sido probado, puesto que hay muchas cosas que aprender en las profundidades, que nunca podríamos saber desde las alturas. Descubrimos muchos secretos en las cavernas del océano, que jamás habríamos conocido si nos hubiéramos remontado al cielo.


“En su angustia madrugarán a mí”
Oseas 5:15
Las pérdidas y las adversidades son a menudo los medios que usa el gran Pastor para conducir al redil a su oveja perdida. Esas adversidades, como perros rabiosos, acosan a los extraviados, tornándolos al aprisco. No se puede domar a los leones si están muy bien alimentados; su fuerza tiene que ser abatida y la ración de sus estómagos rebajada, y entonces se someterán a la mano del domador. Muchas veces hemos visto que algunos cristianos se hicieron obedientes a la voluntad del Señor por medio de la escasez de pan y de duros trabajos. Cuando están ricos y llenos de bienes, muchos creyentes llevan sus cabezas demasiado erguidas y hablan con mucha jactancia. Como David, se vanaglorian diciendo: “Mi montaña está firme; nunca seré conmovido”. Cuando el cristiano se enriquece, tiene buena reputación, tiene buena salud y una familia feliz, por lo regular, admite también al Sr. Seguridad Carnal para que deleite su mesa y, entonces, si realmente es hijo de Dios, hay una vara preparada para él. Aguarda un momento y quizás veas sus bienes desvanecidos como un sueño. Ahí va una parte de su posesión: ¡cuán pronto los bienes cambian de mano! Esa deuda, aquel pagaré no levantado. ¡Cuán rápidamente sus pérdidas se suceden! ¿Dónde terminarán? Es un bendito signo de vida divina si, cuando estas dificultades se le presentan, empieza a afligirse por su apostasía y acude a su Dios. ¡Benditas son las olas que purifican al marinero sobre la roca de la salvación! Las pérdidas en los negocios son a menudo santificadas para el enriquecimiento de nuestras almas. Si el alma elegida no viene al Señor con las manos llenas, vendrá vacía. Si Dios en su gracia no halla otros medios para que lo honremos entre los hombres, nos echará en el abismo. Y si no lo honramos en el pináculo de las riquezas, nos llevará al valle de la pobreza. Sin embargo, no desmayes, heredero del dolor, cuando eres así reprendido; reconoce más bien la mano amorosa que te castiga y di: “Me levantaré e iré a mi Padre”.

Fuente: LECTURAS VESPERTINAS de Charles Haddon Spurgeon. Visto en el blog Pan de Vida

 


Debe mantenerse el hábito de la oración diaria. Es bueno tener horas regulares para la devoción, y, en la medida de lo posible, acudir al mismo lugar para orar; sin embargo, el espíritu de oración es todavía mejor que el hábito de la oración. Es mejor ser capaz de orar en todo momento que  tener la regla de orar en ciertos momentos y ocasiones.

Un cristiano es más desarrollado en la gracia cuando ora por cada cosa, de lo que sería si sólo orara en ciertas condiciones y circunstancias. Siempre siento que algo anda mal si paso sin orar incluso durante intervalos de media hora en el día. Yo no puedo entender  cómo un cristiano puede pasarse sin orar de la mañana a la noche. No puedo comprender cómo vive y cómo  lucha la batalla de la vida sin pedir el cuidado guardián de Dios, mientras las flechas de la tentación vuelan tan densamente a su alrededor. No puedo imaginar cómo puede decidir qué debe hacer en momentos de perplejidad, cómo  puede ver sus propias imperfecciones o las faltas de los demás, sin sentirse constreñido a decir, a lo largo de todo el día: “¡Oh Señor, guíame; oh Señor, perdóname; oh Señor, bendice a mi amigo!” No puedo entender cómo puede estar recibiendo continuamente misericordias del Señor sin decir: “¡Gracias sean dadas a Dios por esta señal de Su gracia! ¡Bendito sea el nombre del Señor por lo que está haciendo por mí en Su abundante misericordia! ¡Oh Señor, recuérdame todavía con el favor que muestras a Tu pueblo!” No deben quedarse contentos, amados hermanos y hermanas en Cristo, a menos que puedan orar en cualquier parte y en todo tiempo, y obedecer de esta manera el precepto apostólico: “Orad sin cesar.”

Un aparte tomado del Sermón No. 3186, predicado el 2 de Octubre de 1873 bajo el título “La oración más breve de Pedro”

 


“Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren” I Timoteo 4: 16

“Uno de nuestros principales cuidados, debe ser el que nosotros mismos seamos salvos” Charles Spurgeon

predicador“¡Cuán horrible es ser predicador del Evangelio y no estar sin embargo convertido! Que cada uno se diga en secreto desde lo más recóndito de su alma: “¡Qué cosa tan terrible será para mí el vivir ignorante del poder de la verdad que me estoy preparando a proclamar!” Un ministro inconverso envuelve en sí la más patente contradicción. Un pastor destituido de gracia es semejante a un ciego elegido para dar clase de óptica, que filosofara acerca de la luz y la visión, disertara sobre ese asunto, y tratara de hacer distinguir a los demás las delicadas sombras y matices de los colores del prisma, estando él sumergido en la más profunda oscuridad. Es un mudo nombrado profesor de canto; un sordo a quien se pide que juzgue sobre armonías. Es como un topo que pretendiera educar aguiluchos; como un leopardo elegido presidente de ángeles. A un supuesto de tal naturaleza se le podrían aplicar las más absurdas metáforas, si el asunto de suyo no fuese tan solemne. Es una posición espantosa en la que se coloca un hombre que emprende una obra para la ejecución de la cual es entera y absolutamente inadecuado; pero su incapacidad no lo exime de responsabilidades, puesto que deliberadamente las ha querido asumir. Sean cuales fuesen sus dotes naturales y sus facultades mentales, nunca será el ministro a propósito para una obra espiritual, si carece de vida espiritual; y en ese caso cumple a su deber cesar en sus funciones ministeriales mientras no adquiera la primera y más simple de las cualidades que para ello se han menester.

(…) La palabra de un hombre inconverso puede ser bendecida para la conversión de las almas, puesto que el Señor a la vez que desconoce a un hombre semejante, honrará con todo, su propia verdad.

(…) ¡Ay! el pastor no regenerado se hace también terriblemente dañino, porque de todas las causas que originan la infidelidad, los ministros faltos de piedad deben ser contados entre las primeras. El otro día leí que ninguna fase del mal presentaba un poder tan maravilloso de destrucción, como el ministro inconverso de una parroquia que contaba con un órgano de gran valor, un coro de cantores profanos y una congregación aristócrata. Era de opinión el escritor que no podría haber un instrumento más eficaz que ese para la condenación. La gente va al lugar donde tributa su culto, se sienta cómodamente, y se figura que deben ser cristianos, siendo así que en lo único en que consiste su religión es en escuchar a un orador a la vez que la música les halaga los oídos, y tal vez distraen sus ojos los ademanes graciosos y de moda de los concurrentes. El conjunto no es mejor de lo que oyen y ven en la ópera, y si no es tan bueno quizás en punto a belleza estética, no es por eso ni en lo más mínimo más espiritual. Son muchos los que se felicitan a sí mismos y aun bendicen a Dios por tenerse como cristianos devotos, y al mismo tiempo viven alejados de Cristo en un estado no regenerado, pues alardean de piedad en la forma, pero niegan el poder de esa virtud. El que se apega a un sistema que no tiende a una cosa más elevada que el formalismo, se constituye más en siervo del diablo que en ministro de Dios.

Richard Baxter en su “Pastor Reformado,” entre otras muchas solemnes cosas, escribe lo que sigue: “Tened cuidado de vosotros mismos, no sea que os halléis faltos de esa gracia salvadora de Dios que ofrecéis a los demás, y seáis extraños a la obra eficaz de ese Evangelio que predicáis; y no sea que a la vez que proclamáis al mundo la necesidad de un Salvador, vuestros corazones le vean con menosprecio, y carezcáis de interés en él y en sus salvadores beneficios. Tened cuidado de vosotros mismos, repito, no sea que perezcáis a la vez que exhortáis a otros a que se cuiden de perecer, y no sea que os muráis de hambre, a la vez que les preparáis el alimento.

Muchos hombres han amonestado a otros para que no vayan al lugar de tormentos, al cual ellos mismos, sin embargo, se apresuran a ir: se hallan ahora en el infierno muchos predicadores, que centenares de veces han exhortado a sus oyentes a poner el mayor cuidado y una diligencia suma en evitarlo. ¿Puede racionalmente imaginarse que Dios salve a los hombres tan sólo porque éstos ofrezcan la salvación a los demás, a la vez que la rehúsan para sí y porque comuniquen a otros, aquellas verdades que por su parte han visto con descuido y menosprecio? Andan vestidos de andrajos muchos sastres que hacen ricos trajes para otros; y apenas pueden lamerse los dedos algunos cocineros que han aderezado para los demás platillos suculentos. Creedlo, hermanos, Dios nunca ha salvado a nadie porque haya sido predicador, ni porque haya tenido habilidad para ello, sino porque ha sido un hombre justificado y santificado, y en consecuencia, fiel en el trabajo de su Señor.

Hermanos míos, que estas importantes máximas causen en vosotros el efecto debido. No puede haber necesidad, seguramente, de agregar nada más; pero permitidme os ruegue que os examinéis vosotros mismos, para que así hagáis buen uso de lo que sobre este particular os llevo dicho.”

Apartes tomados del libro DISCURSO A MIS ESTUDIANTES de CHARLES SPURGEON, en el capítulo I: La vigilancia que de sí mismo debe tener el ministro.


Muchas personas se quejan de lo complicadas que pueden ser las Escrituras, dicen que son palabras de hombres, que leer la Biblia les produce tedio, cansancio y sueño; esta perspectiva de la Palabra no deja de ser el reflejo de un acercamiento incorrecto al Libro que ha transcendido la historia, el manual de Vida que ha dejado nuestro Creador.

Muchas veces se recibe de la Biblia, lo que se busca de ella. Algunos lo hacen por simple conocimiento, por curiosidad, hasta por criticarla o como instrumento para debatir, pero sólo aquel que gracias a la obra del Espíritu, reconoce que tiene en sus manos algo más que un libro, puede ver que son cientos de páginas que enseñan el camino a la Salvación, obteniendo la revelación del Único y Verdadero Dios.

Que la Biblia no sea sólo para los fines de semana, sino el alimento diario de tu alma.

Les comparto un breve aparte de un Sermón de Charles Spurgeon, titulado: “Cómo leer la Biblia”, en él encontrarán la importancia de leerla y la mejor actitud para hacerlo.

“Ustedes tienen la Biblia en su casa, yo sé; no les gustaría estar sin la Biblia, podría pensarse que son paganos si no tuvieran la Biblia. Tienen la Biblia muy bien encuadernada, y son volúmenes que se ven preciosos: no se ven muy usadas, no han sido leídas, y no es muy probable que sean leídas, pues sólo se sacan el día domingo para que les dé el aire, y permanecen en el guardarropa junto con el pañuelo del traje, todo el resto de la semana. Ustedes no leen la Palabra, no la escudriñan, y ¿cómo esperan recibir la bendición divina? Si el oro del cielo no es digno de ser buscado, difícilmente va a ser encontrado por ustedes.

Muy a menudo les he repetido que el acto de escudriñar las Escrituras no es el camino de la salvación. El Señor ha dicho: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo.” Pero aun así, la lectura de la Palabra, lo mismo que el oírla, a menudo lleva a la fe, y la fe trae salvación; ya que la fe viene por el oír, y la lectura es una forma de escuchar. Mientras están investigando para saber qué es el Evangelio, puede agradar a Dios dar la bendición a sus almas. Pero qué pobremente leen la Biblia algunos de ustedes.

No quiero decir algo que sea muy severo, si no es estrictamente la verdad. Que hablen sus propias conciencias, pero quiero hacer una pregunta muy osada: ¿acaso no leen la Biblia, muchos de ustedes, de una manera muy apresurada, leen sólo un poquito y luego la hacen a un lado? ¿Acaso no olvidan pronto lo que han leído, y pierden el poco efecto que pudo haber tenido la lectura? Cuán pocos de ustedes están decididos a llegar hasta el alma de ella, hasta su vida, su esencia, y beber de su significado. Pues bien, si no hacen eso, les digo de nuevo que la lectura de ustedes es una lectura miserable, muerta, que no produce beneficio alguno; ni siquiera la podemos llamar lectura, ese nombre no podría aplicarse. Que el Espíritu bendito les dé el arrepentimiento en lo tocante a este tema”.

Apartes del Sermón No. 1503 que Charles Spurgeon, su título: “Cómo leer la Biblia”. Puede ser descargado en el siguiente link http://www.spurgeon.com.mx/indice.html


Biblia 01“Creo que no necesito iniciar estos comentarios diciendo que debemos leer las Escrituras. Ustedes saben cuán necesario es que nos alimentemos con la verdad de la Santa Escritura. ¿Acaso necesito preguntarles si leen la Biblia? Me temo que esta es una época en la cual se leen revistas, periódicos, pero no se lee la Biblia como se debería leer. En los tiempos de los puritanos, los hombres contaban con un escaso suministro de otro tipo de literatura, pero ellos encontraron una biblioteca completa en ese único libro, la Biblia. Y ¡cómo leían la Biblia!

¡Cuán poco de la Escritura hay en los sermones modernos comparados con los sermones de esos maestros de la teología, los puritanos! Casi cada frase que ellos dicen parece arrojar luces desde diferentes ángulos sobre el texto de la Escritura. No sólo sobre el texto acerca del cual estaban predicando, sino muchos otros versículos son contemplados bajo una nueva luz en el desarrollo del sermón. Ellos introducen luces entremezcladas procedentes de otros versículos que son paralelos o casi paralelos al texto predicado, y de esta manera educan a sus lectores para comparar lo espiritual con lo espiritual.

Yo le pido a Dios que nosotros los ministros nos acerquemos más al grandioso Libro antiguo. Seríamos predicadores capaces de instruir, si así lo hiciéramos, sin importar si somos ignorantes del “pensamiento moderno,” o no estamos “al tanto de los tiempos.” Les garantizo que estaríamos muchas leguas de distancia por delante de nuestro tiempo, si nos mantuviéramos muy cerca de la Palabra de Dios.

Y en cuanto a ustedes, hermanos y hermanas míos, que no tienen que predicar, el mejor alimento para ustedes es la propia Palabra de Dios. Los sermones y los libros están muy bien, pero los ríos que recorren una gran distancia sobre la tierra, gradualmente recogen algo de basura del suelo sobre el que fluyen y pierden la frescura que los acompañaba al salir del manantial. La verdad es más dulce cuando acaba de salir de la Roca abierta, pues ese primer chorro no ha perdido nada de su vitalidad ni de su carácter celestial. Siempre es mejor beber agua del pozo, que del tanque de almacenamiento. Ustedes se darán cuenta que leer la Palabra de Dios por ustedes mismos, leer esa Palabras más que comentarios y notas acerca de ella, es la manera más segura de crecer en la gracia. Beban la leche sin adulteración de la Palabra de Dios, y no la leche descremada, o la leche mezclada con agua proveniente de la palabra del hombre.

Un viejo predicador solía decir que la Palabra tiene un poderoso cauce sin interrupciones en muchas personas hoy en día, pues entra por un oído y de inmediato sale por el otro. Lo mismo parece suceder con algunos lectores: pueden leer muchísimo, pero es porque no leen nada. El ojo mira, pero la mente no descansa nunca. El alma no se posa sobre la verdad ni se queda allí. Revolotea sobre el paisaje como podría hacerlo un pájaro, pero no construye ningún nido allí, ni encuentra descanso para la planta de su pie. Ese tipo de lectura no es lectura. Entender el significado es la esencia de la verdadera lectura.

Ahora, queridos hermanos, a menos que entendamos lo que leemos, no hemos leído nada. Algunos se consuelan a sí mismos con la idea que han llevado a cabo una buena acción cuando han leído un capítulo, pero cuyo significado no han entendido del todo. Pero ¿acaso la propia naturaleza no rechaza esto como mera superstición? Si hubieras colocado el libro al revés, y hubieras dedicado el mismo tiempo a leer las letras en esa posición, te habrías beneficiado tanto como si lo leyeras en la posición normal sin entenderlo.

Si tuvieran el Nuevo Testamento en griego, para muchos de ustedes sería imposible de entender, pero se beneficiarían de igual manera leyendo eso como si leyeran el Nuevo Testamento en español, a menos que lo leyeran con un corazón capaz de entenderlo. No es la letra la que salva al alma; la letra mata en muchos sentidos, y nunca puede dar la vida. Si insistes en quedarte sólo con la letra, puedes ser tentado a usarla como un arma en contra de la verdad, como lo hicieron los fariseos antiguamente, y tu conocimiento de la letra puede engendrar orgullo en ti, para tu propia destrucción.

Es por medio del espíritu o sea, el significado interno real que es absorbido por el alma, que somos bendecidos y santificados. Nos saturamos de la Palabra de Dios, como el vellón de Gedeón, que estaba remojado del rocío del cielo. Y esto sólo puede suceder cuando recibimos la Palabra en nuestras mentes y en nuestros corazones, aceptándola como la verdad de Dios, y entendiéndola de tal manera como para gozarnos en ella. Entonces debemos entenderla, o de lo contrario no la hemos leído correctamente.

Amados hermanos, nunca van a obtener consuelo para sus almas de una fuente que no entienden, ni van a encontrar ninguna guía para sus vidas de algo que no comprenden; ni ninguna aplicación práctica para su carácter podrá venir de lo que no es entendido por ustedes”.

Apartes del Sermón No. 1503 que Charles Spurgeon, su título: “Cómo leer la Biblia”. Puede ser descargado en el siguiente link http://www.spurgeon.com.mx/indice.html


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La Salvación sólo es posible por la gracia de Dios

Comprender que sin merecer absolutamente nada, su gracia nos ha alcanzado, ver que no es por obras, pues es su misericordia, destruye definitivamente nuestro orgullo pues no hay nada de que jactarnos, sólo humillarnos reconociendo que grande es nuestro Dios y de Él es la Salvación. 

Les dejo con unos apartes del Sermón No. 131 que Charles Spurgeon predicó en Londrés el 10 de Mayo de 1857, su título: “La Salvación es de Jehová”, y un corto video de Paul Washer que nos confirma El poder de Dios en la conversión de un alma y nuestra responsabilidad de predicar el Evangelio Verdadero, esto no es un juego. 

LA SALVACIÓN ES DE JEHOVÁ, Spurgeon

Les daré un ejemplo. El pecador en su estado natural, me recuerda a un hombre que posee un castillo fuerte y casi inexpugnable, al cual ha huido. Cuenta con un foso exterior; hay un segundo foso; cuenta con murallas muy altas; y luego, después, hay un escondite en una torre, al cual entrará el pecador. Ahora, el primer foso que rodea al lugar de confianza del pecador está constituido por sus buenas obras. “¡Ah!”, dice, “soy tan bueno como mi vecino; siempre he pagado veinte centavos, en efectivo; no soy ningún pecador: ‘diezmo la menta y el comino;’ soy en verdad un buen caballero respetable.” Bien, cuando Dios viene a obrar en él, para salvarle, envía su ejército que cruza el primer foso; y cuando lo atraviesan, gritan: “La salvación es de Jehová;” y el foso se seca, pues si la salvación es de Jehová, ¿cómo podría ser por buenas obras?

Pero cuando eso sucede, tiene una segunda trinchera: las ceremonias. “Bien,” dice, “no confiaré en mis buenas obras, pero he sido bautizado, y he sido confirmado; ¿acaso no tomo el sacramento? Esa será mi confianza.” “¡Sobre el foso! ¡Sobre el foso!” Y los soldados cruzan el foso otra vez, gritando: “La salvación es de Jehová.” El segundo foso queda seco; ya no sirve para nada.

Ahora se acercan a la primera muralla; el pecador, mirando desde arriba, dice: “yo me puedo arrepentir, puedo creer cuando quiera; me voy a salvar a mí mismo arrepintiéndome y creyendo.” Los soldados de Dios suben, ese grandioso ejército de la convicción, y derrumban esta muralla que cae al suelo, y gritan: “La salvación es de Jehová.” Tu fe y tu arrepentimiento te tienen que ser dados, pues de lo contrario ni creerás ni te arrepentirás del pecado.” Y ahora el castillo es tomado; todas las esperanzas del hombre son eliminadas; siente que la salvación no es de él; el castillo del yo ha sido tomado, y el gran estandarte sobre el que está escrito “La salvación es de Jehová” es desplegado sobre las almenas. Pero, ¿acaso la batalla terminó? Oh, no; el pecador se ha retirado a su torre, en el centro del castillo; y ahora cambia sus tácticas. “Yo no puedo salvarme a mí mismo,” dice, “por lo tanto voy a perder la esperanza; no hay salvación para mí.” Ahora este segundo baluarte es tan difícil de tomar como el primero, pues el pecador se detiene y dice: “no puedo ser salvado, voy a perecer.” Pero Dios ordena a los soldados que tomen este baluarte también, gritando: “La salvación es de Jehová;” no es del hombre, es de Dios; “puede también salvar perpetuamente,” aunque tú no puedas salvarte a ti mismo. Esta espada, tú ves, corta por dos lados; corta al orgullo, y luego parte el cráneo de la desesperación.

Si alguien dice que se puede salvar a sí mismo, parte de inmediato en dos su orgullo; y si alguien más dice que no puede ser salvado, abate su desesperación; pues afirma que puede ser salvado, viendo que, “La salvación es de Jehová.” Ese es el efecto que esta doctrina tiene sobre el pecador: ¡que tenga ese efecto en ti!

Tendrán una fe muy sólida si han aprendido a deletrear esta frase: “La salvación es de Jehová;” y si lo sienten en su alma no se volverán orgullosos; no podrán serlo. Arrojarán todo a Sus pies, confesando que ustedes no han hecho nada, excepto lo que Él les ha ayudado a hacer; y por tanto la gloria debe ser para Él, en quien radica la salvación. Si creen esto, no serán desconfiados. Dirán: “mi salvación no depende de mi fe, sino de Jehová; mi seguridad no depende de mí, sino que depende de Dios que me guarda; ser llevado al cielo no descansa en mis propias manos, sino en las manos de Dios; cuando prevalezcan las dudas y temores, cruzarán sus brazos, mirarán arriba y dirán—“Y ahora que mi ojo de fe es débil, Yo confío en Jesús, ya sea que me hunda o nade.”

Si pueden guardar esto en la mente, podrán siempre estar llenos de gozo. El que sabe y siente que la salvación es de Jehová, no puede tener causa de preocupaciones. ¡Vamos, legiones del infierno; vamos, demonios del abismo!—“El que me ha ayudado me apoya a lo largo del camino, Y me convierte en más que vencedor.”

La salvación no depende de este pobre brazo, pues de lo contrario perdería la esperanza, sino del brazo del Omnipotente, ese brazo en el que descansan los pilares de los cielos. “¿De quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?” Y esto, por la gracia, te animará a trabajar para Dios. Si tú tuvieras que salvar a tus vecinos, puedes sentarte y no hacer nada; pero puesto que “La salvación es de Jehová,” prosigue y prospera. Ve y predica el Evangelio; ve y anuncia el Evangelio en todas partes. Anúncialo en tu casa, proclámalo en las calles, proclámalo a toda tierra y a toda nación; pues no es de ti, sino “de Jehová.”

No veremos nunca un gran cambio mientras no tengamos hombres en nuestras filas que estén dispuestos a ser mártires; y si la gente se burla y se ríe, que se rían y que se burlen. George Whitefield, cuando predicó en Kennington Common, donde le arrojaron gatos muertos y huevos podridos, dijo: “esto no es sino el abono del metodismo, lo mejor del mundo para hacerlo crecer; sigan arrojándolos tan rápido como puedan.” Y cuando una piedra le cortó la frente, predicó mejor por el pequeño hilito de sangre que se escurría. ¡Oh, que tuviéramos hombres que se atrevieran a enfrentarse a la turba, pues entonces la turba no tendría que ser enfrentada! Vamos allá, recordando que “La salvación es de Jehová,”y prediquemos la Palabra de Dios en todo lugar y en todo tiempo, creyendo que la Palabra de Dios es más que un rival para el pecado, y que Dios será el Señor de toda la tierra.

Mi voz está fallando de nuevo, y mis pensamientos también. Estaba muy cansado esta mañana, antes de venir a este púlpito, y me siento cansado ahora. Algunas veces estoy lleno de gozo y alegría, y me siento en el púlpito como si pudiera predicar sin término; otras veces, me siento contento de terminar; sin embargo, con un texto como este me habría gustado terminar con todo el poder que el labio mortal pudiera acopiar.

¡Oh, hacer saber a los hombres esto, que su salvación es de Dios! ¡Blasfemo, no blasfemes contra Quien sostiene en Su mano tu aliento! Despreciador, no desprecies al que puede salvarte o destruirte. Y tú, hipócrita, no busques engañar a Aquel de quien proviene la salvación, y que por tanto sabe muy bien si tu salvación ha venido de Él.

Video visto en http://descubriendoelevangelio.es/


Es sorprendente como el fenómeno actual de predicadores que se sienten entes indispensables y casi autores de la salvación de multitudes, no es reciente, sino que ha permanecido a lo largo de la historia. Este sermón de Spurgeon nos deja entrever el peligro de todo esto y la necesidad de hombres y mujeres dispuestos a agradar a Dios, no a los hombres.

“Algunos dirán: el ministro que predica, es quien convierte a los hombres. ¡Ah!, esa es una idea grandiosa, ciertamente. Nadie sino un insensato podría pensar eso. Conocí a un hombre hace algún tiempo, que me aseguró que conocía a un ministro que tenía una gran cantidad de poder de conversión en él. Hablando de un gran evangelista de los Estados Unidos, comentó: “ese hombre, señor, tiene la mayor cantidad de poder de conversión que yo haya conocido en hombre alguno; el señor Fulano de Tal en una aldea vecina a Londres le sigue en poder.” En aquel momento, este poder de conversión estaba siendo manifestado; doscientas personas fueron convertidas por el evangelista que ocupaba el segundo lugar, y se unieron a la membrecía de la iglesia en unos pocos meses. Yo fui a ese lugar un poco después (fue en Inglaterra), y pregunté:,”¿cómo van tus convertidos?” “Bien,” respondió, “no puedo comentar mucho acerca de ellos.” “¿Cuántos de esos doscientos individuos que recibiste hace un año permanecen firmes?” “Bien,” respondió, “me temo que no muchos; hemos echado ya a setenta de ellos por borrachos.” “Sí,” repliqué, “eso pensé: ese es el final del grandioso experimento del poder de conversión.” Si yo pudiera convertirlos a todos ustedes, cualquiera podría revertir el proceso de su conversión; lo que un hombre puede hacer, otro lo puede deshacer; sólo permanece lo hecho por Dios.

Charles Spurgeon

Charles Spurgeon

No, hermanos míos. Dios ha tenido mucho cuidado de que no se diga nunca que la salvación es del hombre, pues usualmente Él bendice a quienes parecen menos calificados para ser útiles. Yo no espero ver tantas conversiones en este lugar como las que hubo el año pasado, cuando tenía menos oyentes. Me preguntarán: ¿por qué? Bien, el año pasado todo el mundo me maltrataba; mencionar mi nombre era mencionar el nombre del bufón más abominable que haya vivido. La simple mención del nombre atraía juramentos y maldiciones; para muchos, era un nombre despreciable, pateado por las calles como un balón de fútbol. Pero luego Dios me dio cientos de almas, que se sumaron a mi iglesia, y en un año, fue mi delicia ver personalmente no menos de mil personas convertidas para entonces. No espero eso ahora. Mi nombre es estimado de alguna manera ahora, y los grandes de la tierra no consideran una deshonra sentarse a mis pies; pero esto me lleva a temer, no sea que mi Dios me abandone ahora que el mundo me estima. Yo preferiría ser despreciado y calumniado a cualquier otra cosa. Estaría dispuesto a dejar esta asamblea que ustedes consideran muy grande y excelente, si mediante esa pérdida, pudiera ganar una mayor bendición. “Lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios;” y por eso creo que entre más estimado sea, peor será mi posición, y mucho menor será mi esperanza de que Dios me bendiga. Él ha puesto Su “tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros.”

Un pobre ministro comenzó a predicar una vez, y todo el mundo habló mal de él; pero Dios le bendijo. Gradualmente cambiaron y lo halagaron. ¡Él era un gran hombre: qué maravilla! Pero, ¡Dios le dejó! A menudo ha sucedido lo mismo. Nosotros debemos recordar, en todos los tiempos de popularidad, que aquel “¡Crucifícale, crucifícale!” le sigue de cerca los talones al “Hosanna,” y que la multitud de hoy, si la tratamos con fidelidad, se puede convertir en un simple puñado el día de mañana, pues a los hombres no les gusta que les hablen claro.

Debemos aprender a ser despreciados, condenados, difamados, y entonces aprenderemos a ser hechos útiles por Dios. A menudo he caído de rodillas, con un sudor hirviente brotando de mi rostro, bajo el peso de una reciente calumnia lanzada contra mí; en una agonía de dolor mi corazón ha estado a punto del quebranto; hasta que por fin he aprendido el arte de soportarlo todo y no preocuparme de nada. Y ahora mi dolor corre en otra línea. Es precisamente en la dirección opuesta. Temo que Dios me abandone, para demostrar que Él es el autor de la salvación; que no se encuentra en el predicador; que no está en la multitud; que no se debe a la atención que yo pueda atraer, sino en Dios, y sólo en Dios.

Esto puedo decir de todo corazón: si ser convertido en el lodazal de las calles otra vez, si ser el hazmerreír de los insensatos y ser la canción del borracho, me permitiera una vez más ser de mayor servicio a mi Señor, y útil a Su causa, prefiero eso a las muchedumbres, o a todo el aplauso que el hombre pueda brindarme.

Oren por mí, queridos amigos, oren por mí, que Dios me utilice todavía como un instrumento de salvación de almas; pues tengo miedo que diga: “no ayudaré a ese hombre, para que el mundo no diga que él lo ha hecho, pues “la salvación es de Jehová,” y así debe ser, hasta el fin del mundo”.

Apartes del Sermón No. 131 que Charles Spurgeon predicó en Londrés el 10 de Mayo de 1857, su título: “La Salvación es de Jehová”. 

Pueden encontrar este sermón completo y otros más en: 

http://www.spurgeon.com.mx/novedades.html 

 


 

paisajes-sol1“¿Qué es Dios para nosotros? Él es el Creador de los cielos y de la tierra; Él sostiene los pilares del universo. Él con Su aliento perfuma las flores. Su lápiz las pinta de colores. Él es el autor de esta hermosa creación. “Somos ovejas de su prado; El nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos.” La relación que tiene con nosotros es la de Hacedor y Creador; y por ese hecho reclama ser nuestro Rey. Él es nuestro Legislador, el autor de la ley; y luego, para que nuestro crimen sea peor y más grave, Él gobierna la providencia; pues es Él quien nos guarda día a día. Él suple nuestras necesidades; Él mantiene el aire que respira nuestra nariz; Él ordena a la sangre que mantenga su curso a lo largo de nuestra venas; Él nos mantiene con vida, y nos previene de la muerte; Él está delante de nosotros como nuestro Creador, nuestro Rey, nuestro Sostén, nuestro Benefactor; y yo pregunto: ¿no es acaso un crimen de enorme magnitud, no es alta traición contra el emperador del cielo, no es un pecado horrible, cuya profundidad no podemos medir con la sonda de todo nuestro juicio, que nosotros, Sus criaturas, que dependemos de Él, estemos enemistados con Él?

Pero puede verse que el crimen es más grave cuando pensamos en lo que Dios es. Permítanme apelar personalmente ante ustedes en un estilo de interrogatorio, pues esto tiene mucho peso. ¡Pecador! ¿Por qué estás enemistado con Dios? Dios es el Dios de amor. Él es amable con Sus criaturas. Él te mira con Su amor de benevolencia, pues este mismo día Su sol ha brillado sobre ti, hoy has tenido alimento y vestido, y has llegado a esta capilla con salud y vigor. ¿Odias a Dios porque te ama? ¿Es esa la razón? Consideren cuántas misericordias han recibido de Sus manos a lo largo de su vida! No nacieron con un cuerpo deforme; han tenido una medida tolerable de salud; te has recuperado muchas veces de la enfermedad. Cuando estabas al borde la muerte, Su brazo ha detenido tu alma del último paso de destrucción. ¿Odias a Dios por todo esto? ¿Le odias porque salvó tu vida por Su tierna misericordia? ¡Contempla toda Su bondad que ha desplegado delante de ti! Podría haberte enviado al infierno; pero estás aquí. Ahora, ¿odias a Dios por haberte conservado?

Oh, ¿por qué razón estás enemistado con Él? Amigo mío, ¿acaso no sabes que Dios envió a Su Hijo procedente Su pecho, y lo colgó en el madero, y allí permitió que muriera por los pecadores, el justo por los injustos? Y, ¿odias a Dios por ello? Oh, pecador, ¿acaso es esta la causa de tu enemistad? ¿Estás tan alejado que agradeces con enemistad el amor? Y cuando te ha rodeado de favores, cuando te ha ceñido con bendiciones, cuando te ha colmado de misericordias, ¿acaso le odias por eso? Él te podría decir lo mismo que dijo Jesús a los judíos: “Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis?” ¿Por cuáles de estas obras odian a Dios?

Si algún benefactor terrenal te hubiese alimentado ¿le odiarías? Si te hubiera vestido, ¿le ultrajarías en su cara? Si te hubiese dado talentos, ¿volverías esos poderes en su contra? ¡Oh, habla! ¿Forjarías el hierro de una daga y la clavarías en el corazón de tu mejor amigo? ¿Odias a tu madre que te crió en sus rodillas? ¿Acaso maldices a tu padre que sabiamente veló por ti? No, respondes, sentimos una pequeña gratitud por nuestros parientes terrenales. ¿Dónde están sus corazones, entonces? ¿Dónde están sus corazones, que todavía pueden despreciar a Dios, y estar enemistados con Él? ¡Oh, crimen diabólico!¡Oh, atrocidad satánica! ¡Oh, iniquidad indescriptible! Odiar a Quien es todo amable, aborrecer al que muestra misericordia constante, desdeñar al que bendice eternamente, escarnecer al bueno, al lleno de gracia; ¡por sobre todo, odiar al Dios que envió a Su Hijo para que muriera por el hombre! ¡Ah!, en ese pensamiento: “La mente puesta en la carne es enemiga de Dios,” hay algo que nos sacude; pues es un terrible pecado estar enemistados con Dios. Quisiera poder hablar con mayor poder, pero únicamente mi Señor puede hacerles ver el enorme mal de este horrido estado del corazón”.

Este es un breve aparte del Sermón No. 20 que Charles Spurgeon predicó en Londrés el 22 de Abril de 1855, su título: “La mente puesta en la carne es enemiga de Dios”