NO HAY FELICIDAD SIN DIOS

Publicado: septiembre 29, 2009 en JUAN CALVINO, VIDA CRISTIANA

luz árbol

1. En primer lugar, la Escritura nos llama la atención al hecho de que si deseamos sosiego y tranquilidad en nuestras vidas, tenemos que rendimos a nosotros mismos y todo aquello que tenemos, a la voluntad de Dios. Al mismo tiempo, y puesto que es nuestro Salvador y el Señor de nuestras vidas, deberíamos también rendir a Él todos nuestros afectos. Nuestra naturaleza camal, en su forma natural, desenfrenada y codiciosa, anhela las riquezas y el poder, el honor y la vanidad, y todo aquello que llene nuestra existencia de una pompa vacía e inútil. Por otra parte, tememos y aborrecemos la pobreza, la oscuridad y la humildad, y tratamos de evitar estas cosas por todos los medios posibles. No es difícil ver en nuestros días como la gente se afana, siguiendo los deseos y dictados de su propia mente, para conseguir todos aquellos objetos que su ambición y codicia les demandan.

2. Los creyentes hemos de tener siempre presente el hecho de que todo lo que comprende y rodea nuestra vida depende únicamente de la bendición del Señor. A veces pensamos que podemos alcanzar fácilmente las riquezas y el honor con nuestro propio esfuerzo, o por medio del favor de los demás; pero ténganlos siempre presente que estas cosas no son nada en sí mismas, y que no podremos abrirnos camino por nuestros medios a menos que el Señor quiera prosperamos.

3. Por otra parte, esta bendición nos abrirá el camino para que seamos prósperos y felices, no importa las adversidades que puedan venir. Aunque seamos capaces de obtener cierta medida de bienestar y fama sin la bendición divina, como sucede con mucha gente mundana, vemos que estas personas están bajo la ira de Dios y, por lo tanto, no pueden disfrutar de la más mínima partícula de felicidad. Así pues, llegamos a la conclusión de que no podemos obtener nada sin la bendición divina, y aunque pudiésemos lograrlo, acabaría siendo una calamidad para nuestras vidas. Reflexionemos entonces y no seamos necios en anhelar aquellas cosas que nos harían más desdichados.

No debemos estar ansiosos por obtener riquezas y honores

1. Si creemos que todo anhelo de prosperidad y bienestar debe basarse solamente en la bendición divina, y que sin ella sólo podemos esperar miserias y calamidades, también hemos de entender que no tenemos que estar ansiosos en tratar de conseguirlo todo apoyándonos en nuestra propia diligencia y aptitudes, dependiendo del favor de los hombres o confiando en la “buena suerte”. Esperemos siempre en el Señor; Él nos dirigirá de modo que podamos obtener la bendición que tiene reservada para nuestras vidas. Si esperamos en Dios, ya no tendremos que apresuramos para conseguir las riquezas y el honor por medios dudosos, engañando a nuestro prójimo o sirviéndonos de triquiñuelas, sino que antes nos abstendremos de estas cosas que nos apartan del camino de la voluntad de Dios. Pues ¿quién puede esperar la ayuda o la bendición divina sobre el fraude, el robo u otros actos deshonestos?

2. La bendición divina viene únicamente sobre aquellos que son puros en sus pensamientos y justos en sus hechos, influyendo en todo aquel que procura mantenerse alejado de la corrupción y la maldad. Todo creyente debe sentir deseos de permanecer apartado de la falsa ambición y la búsqueda inadecuada de grandezas y honores. Pues ¿no sería acaso vergonzoso confiar en la ayuda divina si al mismo tiempo estamos en medio de asuntos que contradicen Su Palabra? Lejos está de Dios prosperar con Su bendición al que antes ha maldecido con Su boca.

3. Finalmente, si no tenemos el éxito que esperamos no debemos impacientamos ni detestar nuestra condición, cualquiera que ésta sea, porque esta actitud denota una rebelión contra Dios, quien reparte a cada uno según Su sabiduría y santa voluntad.

En conclusión, aquel que retiene la bendición de Dios de la forma que hemos descrito, no irá detrás de aquellas cosas que el hombre mundano codicia, y no usará aquellos métodos de los cuales ya sabe que no va a sacar provecho. Por otra parte, un verdadero cristiano no deberá atribuir ninguna prosperidad a su propia diligencia, trabajo o buena suerte, sino que ha de tener siempre presente que Dios es el que prospera y bendice. Si solamente ha podido hacer pequeños progresos, o se queda atrás mientras los otros siguen adelante, deberá sobrellevar su pobreza con tranquilidad y moderación, y no con la rebeldía y exasperación con que lo hace un hombre del mundo.

4. El verdadero cristiano posee una dulce consolación que le proporciona más satisfacción que el mayor de los bienestares humanos, pues está convencido de que todos sus asuntos son regulados por el Señor según Su eterno propósito para los Suyos. David, quien seguía a Dios y se rendía a Sus ordenanzas, dijo lo siguiente: “Jehová, no está envanecido en el corazón, ni mis ojos son altivos; no ando tras grandezas, ni tras cosas demasiado sublimes para mí. Sino que me he calmado y he acallado mi alma como un niño destetado de su madre; como un niño destetado está mi alma” (Salmo 131: 1-2).

Tomado de El libro de oro de la verdadera vida cristiana de Juan Calvino.

comentarios
  1. Joe dice:

    Buen dia hermano…
    visita mi blog….
    encontraras de todo un poco…
    Que el creador te bendiga y sigue adelante….
    tenemos muchos gigantes que derrotar, pero con la ayuda de Dios lo podemos lograr….

    Bendiciones…

  2. Lucy dice:

    Bonitas reflexiones , q Dios les bendiga.

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