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Video visto en el blog de Vida Cristocéntrica



Karl Barth en cierta ocasión señaló que los tres pecados primarios y más básicos de la humanidad caída son el orgullo, la deshonestidad y la pereza. No estoy seguro que Barth estuviera en lo correcto al jerarquizarlos de esta manera, pero no cabe duda que son pecados severos sobre los que la Biblia tiene mucho que decir.

Si debido a nuestra naturaleza caída tenemos una inclinación pronunciada hacia la pereza, debemos estar en guardia para evitarla. No es para nada seguro el presuponer que el nuevo nacimiento nos librará inmediata y completamente de ser perezosos. No nos curamos más instantáneamente de la indolencia que lo que nos curamos del orgullo o la deshonestidad.

La vida cristiana demanda un arduo trabajo. Nuestra santificación es un proceso en el que somos colaboradores de Dios. Contamos con la promesa de la ayuda de Dios en nuestra labor, pero su ayuda divina no anula nuestra responsabilidad para asumir el trabajo. “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2: 12-13).

Esta ocupación no es algo que nos redunde en méritos o nos gane nuestra justificación. Es la obra que sigue a la justificación, la consecuencia de la fe. Los cristianos perezosos permanecerán siempre inmaduros porque no se dedican a un estudio diligente de la Palabra de Dios.

Con frecuencia suelo sorprender a mis estudiantes en el seminario cuando les digo que los errores teológicos son pecados. Este cargo les resulta demasiado fuerte ya que presuponen que no puede existir ninguna culpabilidad moral si alguien comete un error. Yo argumento que la razón primaria por la que malinterpretamos la Biblia no es porque el Espíritu Santo ha fracasado en su labor, sino porque nosotros hemos fracasado en llevar a cabo nuestra labor. No alcanzamos a amar a Dios con toda nuestra mente y descuidamos nuestra responsabilidad de dedicarnos a un estudio riguroso de las cosas de Dios.

Tomado de Grandes doctrinas de la Biblia de R.C. Sproul.


La noche oscura del alma. Este fenómeno describe una enfermedad que los más grandes de los cristianos han sufrido de vez en cuando. La enfermedad que provocó que David empapara de lágrimas su cama y que le ganó a Jeremías el apodo de “El Profeta Llorón.” Fue la enfermedad que afligió tanto a Martín Lutero que su melancolía amenazaba con destruirle. Éste no es un ataque ordinario de depresión, pero es una depresión que está ligada a una crisis de fe, una crisis que viene cuando se siente la ausencia de Dios o se da lugar a una sensación de ser abandonado por Él.

La depresión espiritual es real y puede ser grave. Nos preguntamos cómo una persona de fe puede experimentar tales bajones espirituales, pero lo que sea que los provoca no lo aparta de su realidad. Nuestra fe no es una acción constante. Se mueve. Vacila. Nos movemos de fe en fe y entretanto podríamos tener periodos de duda cuando gritamos: “Señor creo; ayúdame en mi incredulidad.”

Podemos pensar también que la noche oscura del alma es algo completamente incompatible con el fruto del Espíritu, no solo el de la fe, sino también el del gozo. Una vez que el Espíritu Santo ha inundado nuestros corazones con un gozo indescriptible, ¿cómo puede haber lugar en el para tal oscuridad? Es importante que distingamos entre el fruto espiritual del gozo y el concepto cultural de la felicidad. Un cristiano puede tener gozo en su corazón mientras tiene depresión espiritual en su cabeza. La alegría que tenemos nos sostiene durante esas noches oscuras y no se ahoga por una depresión espiritual. El gozo del cristiano es uno que sobrevive a todos los bajones de la vida.

En su segunda carta a los Corintios, Pablo encomienda a sus lectores la importancia de predicar y comunicar el Evangelio a la gente. Pero a través de eso, él le recuerda a la iglesia que el tesoro que hemos recibido de Dios es un tesoro que no está contenido en vasos de oro y plata pero en lo que el apóstol llama “vasos de barro.” Por esta razón él dice: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la extraordinaria grandeza del poder sea de Dios y no de nosotros. Afligidos en todo, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos; llevando siempre en el cuerpo por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.” (2 Cor. 4:7-10)

Este pasaje indica los límites de la depresión que nosotros experimentamos. La depresión puede ser profunda, pero no es permanente, ni es fatal. Toma en cuenta que el apóstol Pablo describe nuestra condición de varias maneras. Dice que estamos “afligidos, perplejos, perseguidos, y derribados.” Estas son imágenes poderosas que describen el conflicto que los cristianos deben resistir, pero en cada lugar que él describe este fenómeno, él describe al mismo tiempo sus límites. Afligidos en todo, pero no agobiados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos.

Así que tenemos esta presión que resistir, pero la presión, aunque es severa, no nos agobia. Podremos estar confundidos y perplejos, pero el punto bajo al que nos lleva la perplejidad no ocasiona una desesperación total y completa. Aún en la persecución, y lo seria que ésta pueda ser, todavía no estamos abandonados, y podremos sentirnos abrumados y derribados como mencionó Jeremías, y todavía tener lugar para el gozo. Pensemos en el profeta Habacuc, quien en su miseria permaneció confiado en que a pesar de las dificultades por las que tuvo que pasar, Dios le daría “pies como los de las ciervas, y por las alturas me hace caminar.”

En otro lugar, el apóstol Pablo al escribir a los Filipenses les amonestó de que “por nada estéis afanosos,” diciéndoles que la cura para la ansiedad se encuentra en sus rodillas, que es la paz de Dios que calma nuestro espíritu y disipa la ansiedad. De nuevo, podemos estar ansiosos y nerviosos y preocupados sin estar últimamente sometidos a la desesperación total.

Esta coexistencia entre la fe y depresión espiritual va paralela a otras declaraciones bíblicas de condiciones emotivas. Se nos dice que es perfectamente legítimo para los creyentes que sufran quebranto. Nuestro Señor era un varón de dolores y experimentado en quebranto. Aunque el quebranto pueda llegar a hasta las raíces de nuestras almas, no puede resultar en amargura. La pena es una emoción legítima, y en ocasiones hasta una virtud, pero no debe haber lugar en el alma para la amargura. De igual manera, vemos que es bueno ir a la casa del luto, pero aún en el luto, este sentimiento bajo no debe dar lugar a odio. La presencia de la fe no garantiza de la ausencia de depresión espiritual; pero de todas maneras, la noche oscura del espíritu siempre da lugar al resplandor del mediodía de la presencia de Dios.

Un escrito de R.C. Sproul traducido por Ana Carolina Reyes y Marcelo Del Castillo, parte de la serie Right Now Counts Forever


Dios de misericordiaLa manera en que entendemos la persona y el carácter de Dios el Padre afecta cada aspecto de nuestras vidas. Afecta más de lo que nosotros normalmente llamamos el aspecto “religioso” de nuestras vidas. Si Dios es el Creador del universo entero, entonces El es el Señor de todo el universo. Ninguna parte del mundo se escapa de su señorío. Estos significan que ninguna parte de mi vida debe estar fuera de su señorío. Su carácter santo tiene algo que decir acerca de la economía, la política, los deportes, el romance, todo en lo cual estamos involucrados. No podemos escaparnos de Dios. No hay lugar que nos pueda esconder de El. El no sólo penetra cada aspecto de nuestras vidas, pero penetra en su majestuosa santidad. Por eso tenemos que buscar entender qué es la santidad. No nos atrevamos a evadir este tema. No puede haber adoración y crecimiento espiritual ni verdadera obediencia sin ello. Esto define nuestra meta como cristianos. Dios ha declarado, “Sed santos porque yo soy santo” (Levítico 11:44).

¿MERECEDORES DE SU GRACIA?

A nosotros no nos sorprende que Dios nos haya redimido. Muy profundamente dentro de nosotros, en la cámara secreta de nuestro corazón, pensamos que Dios tiene que tener misericordia de nosotros. El cielo no sería lo mismo si nosotros estuviésemos excluidos de él. Sabemos que somos pecadores, pero no tan malos como podríamos serIo. Hay suficientes cualidades para redimir en nuestra personalidad, que si Dios es realmente justo, El nos incluirá entre los salvos. Lo que nos asombra es la justicia, no la gracia.

Nuestra tendencia a asumir que merecemos la gracia fue poderosamente demostrada mientras enseñaba a estudiantes universitarios. Yo enseñaba un curso del antiguo testamento a doscientos cincuenta estudiantes en una universidad cristiana. El primer día de clases expliqué cuidadosamente las tareas del curso. Por experiencia sé que los reportes escritos requieren una elaboración especial. Así, este curso ameritaba tres reportes cortos. Acto seguido, expliqué a los estudiantes que el primero debía estar en mi escritorio el último día de septiembre por la tarde. No habría extensiones, excepto para estudiantes hospitalizados o bien para casos de esa índole. Si este reporte no se entregaba a tiempo, el estudiante recibiría un cero. Los estudiantes dijeron haber entendido los requerimientos. El último día de septiembre, doscientos veinticinco estudiantes me entregaron sus reportes, otros veinticinco se pararon frente a mí, temblando aterrorizados y llenos de remordimiento. Ellos exclamaron, “Oh profesor Sproul, lo sentimos mucho, no organizamos nuestro tiempo adecuadamente, y todavía no nos hemos ajustado a la universidad, por favor no nos dé un cero, denos una extensión.” Yo cedí. “Muy bien,” les dije, “Les daré una oportunidad en esta ocasión, pero recuerden que la próxima tarea es para el último día de octubre.” Los estudiantes me agradecieron profusamente e hicieron solemnes promesas de ser puntuales para su próxima tarea. Cuando vino el último día de octubre, doscientos estudiantes vinieron con sus reportes. Cincuenta vinieron con las manos vacías. Se veían nerviosos, pero no con pánico. Cuando les pregunté por sus reportes, se mostraron contritos: “Oh, profesor, fue una semana de fiesta. Además es la época de exámenes y hemos tenido otras tareas en otras clases. Por favor denos otra oportunidad. Le prometemos que no volverá a suceder.” Una vez más accedí y les dije, “Está bien, pero ésta es la última vez. Si se retrasan para su próxima tarea les daré un cero. No excusas, no lamentos – cero. ¿Está claro?” “Oh, sí profesor, es usted maravilloso.” Espontáneamente la clase comenzó a cantar, “Lo amamos profesor Sproul, oh sí, lo amamos.” Me convertí en el señor Popularidad. ¿Pueden imaginarse lo que sucedió el último día de noviembre? Exacto. Ciento cincuenta estudiantes vinieron con sus reportes. Los otros cien entraron a la clase completamente indiferentes. “¿Dónde están sus reportes?” les pregunté. Un estudiante respondió, “Oh, no se preocupe profesor, estamos trabajando en ellos. Se los traeremos en un par de días. No se afane.” Yo tomé mi mortal libro negro de calificaciones y comencé a llamarlos por sus nombres. “Johnson, ¿tienes tu reporte?” “No señor,” fue la respuesta. “Cero,” dije, mientras escribía la calificación en el libro. “Muldaney, ¿tiene tu reporte?” De nuevo, “No señor,” fue la respuesta. Anoté otro cero en el libro. Los estudiantes reaccionaron con furia incontrolable. Lamentaron, protestaron y gritaron, “¡Eso no es justo!”.

Miré a uno de los estudiantes protestadores y le pregunté, “Lavery, ¿piensas tú que esto no es justo?” “Sí,” respondió. “Ya veo. ¿Es justicia lo que quieres? Me parece que tú entregaste tarde tu reporte la última vez. Si insistes en recibir justicia, la recibirás. No te voy a dar un cero sólo por este reporte, sino también por el anterior.” Los estudiantes se quedaron petrificados. El no tuvo más argumentos, se disculpó por precipitarse y repentinamente se mostró feliz de tener un cero en lugar de dos. Los estudiantes habían tomado fácilmente mi misericordia como obligatoria, asumiendo que se la merecían. Cuando de repente la justicia llegó, no estaban preparados y se sintieron conmocionados e indignados. Esto fue sólo después de dos dosis de misericordia en el espacio de dos meses.

Normalmente, la actividad de Dios conlleva más misericordia de la que yo mostré con mis estudiantes. La historia del antiguo testamento cubre cientos de años. Durante este tiempo, Dios fue repetidamente misericordioso. Cuando su juicio divino cayó sobre Nadab, Abiu o Uza, la respuesta fue conmoción e indignación. Una vez que nos acostumbramos a que Dios sea misericordioso, el próximo paso es fácil: la demandamos. Cuando ésta no llega, nuestra primera respuesta es enojo contra Dios, aunado a la protesta: “Eso no es justo. ” Olvidamos rápidamente que con nuestro primer pecado hemos renunciado a todos los derechos del regalo de la vida, que el tener aire para respirar por la mañana es un acto de misericordia divina. Dios no me debe nada. Yo le debo a El todo. Si El permite que una torre caiga sobre mi cabeza, yo no puedo reclamar injusticia.

CONFUSIÓN ENTRE JUSTICIA Y MISERICORDIA

Justicia de DiosUno de nuestros problemas básicos es la confusión de la justicia con la misericordia. Vivimos en un mundo donde suceden las injusticias. En algún momento, todos hemos sido víctimas de injusticias a manos de otras personas. La gente se relaciona una a la otra con injusticia. Una cosa es cierta: no importa cuanta injusticia haya yo recibido de manos de otra persona, yo nunca he sufrido la más mínima injusticia de la mano de Dios. Supongamos que una persona me acusa falsamente de robar dinero, y soy arrestado y llevado a la prisión. Humanamente he sido víctima de una gran injusticia y tengo todo el derecho de clamar a Dios y pedirle reivindicación en este mundo. Puedo quejarme de haber sido perseguido falsamente. Dios está airado con la gente que me ha puesto injustamente en la prisión y promete reivindicarme algún día.

Las injusticias son reales y suceden todos los días en este mundo. Pero todas estas injusticias que sufrimos son de naturaleza horizontal. Ellas suceden entre los personajes de este mundo. Sin embargo, mas allá y por encima de este mundo está el gran Juez de todos. Mi relación con El es vertical. En términos de esa relación vertical, yo nunca sufro injusticia. Aunque la gente me maltrate, Dios nunca lo hace. El hecho de que Dios permita a una persona tratarme injustamente es justo de parte de Dios. Aunque yo puedo quejarme con Dios acerca de esta injusticia humana, horizontal, que he sufrido, yo no puedo acusar a Dios de cometer una injusticia vertical por permitir que tal injusticia caiga sobre mí. Dios sería perfectamente justo si permitiere que arrojaran en una prisión de por vida por un crimen que yo no cometí. Yo puedo ser inocente delante dé otra gente, pero soy culpable delante de Dios.

Con frecuencia culpamos a Dios por las injusticias hechas contra nosotros y abrigamos en nuestras almas la amarga sensación de que Dios no ha sido justo con nosotros. Aun si reconocemos que El es un Dios de gracia, pensamos que no lo ha sido lo suficiente con nosotros. Pensamos que merecemos más. Por favor, fíjese en esta oración de nuevo: Nosotros pensamos que merecemos más gracia. ¿Cuál es el problema con esta oración? Gramaticalmente está bien. Pero hay algo terriblemente equivocado con su contenido y significado. Es imposible que alguien, en algún lugar, en algún momento merezca la gracia. La gracia es por definición inmerecida tan pronto como hablamos de merecer algo, ya no estamos hablando de gracia sino de justicia. Sólo la justicia puede ser merecida.

¿DIOS ESTÁ OBLIGADO A SER MISERICORDIOSO?

Dios nunca está obligado a ser misericordioso. La misericordia y la gracia tienen que ser voluntarias o ya no son misericordia y gracia. Dios nunca debe gracia. El nos recuerda más de una vez: “Tendré misericordia de quien yo tenga misericordia” (Ex. 33.19). La misericordia es una prerrogativa divina. Dios se reserva para sí mismo el supremo derecho de otorgar clemencia. Suponga que diez personas cometen el mismo pecado. Suponga que Dios castiga a cinco de ellos y tiene misericordia de los otros cinco. ¿Es esto injusticia? ¡No! En este caso, cinco personas reciben justicia y cinco misericordias. Ninguno recibe injusticia. Lo que nosotros usualmente asumimos es esto: si Dios es misericordioso con cinco, tiene que ser igualmente misericordioso con los otros cinco. ¿Por qué? El nunca está obligado a ser misericordioso. Si El tiene misericordia de nueve personas entre diez, la décima no puede reclamar ser víctima de injusticia. Dios nunca le debe misericordia a nadie. Dios no está obligado a tratar a toda la gente de la manera. Tal vez sería bueno decir esto de nuevo: Dios no está obligado a tratar a toda la gente de la misma manera. Si El alguna vez fuese injusto con nosotros, tendríamos razón para quejamos. Pero simplemente porque le otorga su misericordia a mi vecino, yo no puedo reclamar que Ella tenga conmigo. De nuevo, debemos enfatizar que la misericordia siempre es voluntaria. “Tendré misericordia de quien yo tenga misericordia. “

Lo único Que yo puedo recibir de Dios es justicia o misericordia. Yo nunca recibiré injusticia de su mano. Nosotros podemos pedir que Dios nos ayude a obtener justicia de las manos de otra gente, pero sería absolutamente descabellado pedirle que nos haga justicia El mismo. Yo advierto a mis estudiantes: “Jamás le pidan a Dios justicia  podrían conseguirla.” Es la confusión entre la justicia y la misericordia, la que nos hace encogemos de horror cuando leemos las historias de Nadab, Abiú y Uza. Cuando la justicia de Dios cae, nos sentimos ofendidos porque pensamos que Dios nos debe perpetua misericordia. Pero no debemos tener su gracia como algo obligatorio. Nunca debemos perder la capacidad de maravillarnos por su gracia.

Nosotros cantamos el himno, Sublime Gracia, pero cuya letra tendemos a tornar así, Asombrosa Justicia, aguda y cruel Que a este santo hirió; Si soy tan bueno, absurdo fue, La torre en mi cayó! Recuerdo haber predicado un “sermón de práctica” en mi clase de predicación en el seminario. En este sermón yo estaba exaltando las maravillas de la gracia de Dios. Como dice el himno, yo hablé de la “gracia de Dios, infinita gracia.” Al final de mi sermón el profesor me preguntó, “Sr. Sproul, de donde sacó usted la idea de que la gracia de Dios es infinita? ¿Acaso no hay límite para la gracia?” Tan pronto como me hizo esa pregunta, yo supe que había un problema. Le cité las estrofas y las líneas del himno que me enseñaba eso, pero de ninguna manera pude encontrar ningún verso bíblico que enseñara que la gracia de Dios es infinita. La causa por la cual no encontré ese versículo para apoyar mi afirmación, es porque no hay ninguno. La gracia de Dios no es infinita. Dios es infinito es lleno de gracia. Nosotros experimentamos la gracia de un Dios infinito, pero la gracia no es infinita. Dios ha puesto límites a su paciencia y tolerancia. El nos advierte una y otra vez que algún día el hacha caerá y su juicio será derramado. Puesto que nuestra tendencia es a asumir que la gracia siempre tiene que demostrarse, yo supongo que Dios vio la necesidad de recordamos, de vez en cuando, que su gracia no debe ser asumida. En ciertos momentos, raros y dramáticos, muestra el terrible poder de su justicia. El mató a Nadab y a Abiú, mató a Uza, ordenó la masacre de los cananeos, como si estuviera diciendo, “Tengan cuidado. Mientras ustedes disfrutan los beneficios de mi gracia, no se olviden de mi justicia. No olviden la gravedad del pecado. Recuerden que yo soy santo.”

Apartes tomados del libro LA SANTIDAD DE DIOS de RC Sproul.