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Fuente: Gregorio Polanco


enfrentar desierto1. No busquemos nuestros propios intereses, sino aquello que complace al Señor y contribuye a promover su gloria. Hay una gran ventaja en olvidarnos prácticamente de nosotros mismos y en dejar de lado todo aspecto egoísta; pues así podemos enfocar nuestra devota atención a Dios y Sus mandamientos. Cuando la Escritura nos dice que descartemos todas las consideraciones personales y egoístas, no sólo excluye de nuestras mentes el deseo de riquezas de poder y el favor de los hombres, sino que también hace desvanecer de nuestra imaginación las falsas ambiciones, los apetitos por la gloria humana y otras maldades secretas. Todo creyente debe tener el deseo ferviente de contar con Dios para cada momento de su vida.

2. Un cristiano medirá todas sus acciones por medio de la ley de Dios y sus pensamientos secretos estarán sujetos a Su divina voluntad. Si un hombre ha aprendido a depender de Dios para cada empresa de su vida será liberado de todos sus vanos deseos. La negación de nosotros mismos, que ha sido tan diligentemente ordenada por Cristo a Sus apóstoles desde el principio, terminará dominando todos los deseos de nuestros corazones. Esta negación de nosotros mismos no dejará lugar para el orgullo, la arrogancia, la vanagloria, la avaricia, la licencia, el amor a la lujuria, al lujo, o cualquier otra cosa nacida del amor al “yo”. Sin el principio del auto negación el hombre es llevado a la indulgencia por los vicios más grotescos sin un mínimo de vergüenza, y si es que hay alguna apariencia de virtud en él, la misma se desvanece por una pasión desordenada que busca su propia gloria. Mostradme un solo hombre que no crea en la santa ley de Dios o en la auto negación, y que aun así practique la virtud entre los hombres.

3. Todos aquellos que no han sido influidos por el principio de la auto negación, han procurado de algún modo seguir la virtud, pero lo han hecho con el deseo de conseguir la alabanza por parte de los demás hombres. Aun los filósofos que sostienen que la virtud es algo deseable por sí misma, se han enaltecido en su arrogancia, demostrando que no desean la virtud sino para tener una oportunidad de ejercitar su orgullo. Dios no se complace en absoluto con aquellos que son ambiciosos y altivos, y cuyos corazones están llenos de orgullo y presunción. De estos hombres el Señor dice que ya tienen su recompensa en este mundo, y que las rameras y los fariseos (arrepentidos), están más cerca que ellos del reino de los cielos.

4. Incontables son los obstáculos del hombre que desea hacer lo que es correcto y al mismo tiempo se resiste a negar su “yo”. Desde la antigüedad se sabe que hay todo un mundo de vicios escondido en el alma humana, pero la auto negación cristiana es el remedio para acabar con todos. Solo hay liberación para el hombre que renuncia a su egoísmo, y cuya única meta es agradar al Señor y hacer lo que es bueno delante de Sus ojos.

Tomado de El Libro de la verdadera vida cristiana de Juan Calvino.


rosa amarilla flickr1. La ley divina contiene un plan adecuado y ordenado para la regulación de nuestra vida; pero nuestro Padre celestial ha querido dirigir a los hombres por medio de un principio clave excelente. Es el deber de todo creyente presentar su cuerpo como un sacrificio vivo, santo, aceptable a Dios, como indica la Escritura. En esto consiste la verdadera adoración. El principio de la santidad nos lleva a la siguiente exhortación: “No os adaptéis a las formas de este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestra mente, para que comprobéis cuál es la voluntad de Dios; lo bueno, lo que le agrada, y lo perfecto” (Romanos 12:2). Es muy importante que estemos consagrados y dedicados al Señor, pues eso significa que pensamos, hablamos, meditamos o hacemos cualquier cosa teniendo como motivo principal la gloria de Dios. Recordemos que aquello que es sagrado no puede aplicarse a usos impuros sin cometer una seria injusticia y agravio a Dios.

2. Si no somos nuestros y pertenecemos al Señor, debemos huir de aquellas cosas que le desagradan y encauzar nuestras obras y nuestros hechos a todo aquello que Él aprueba. Basándonos en el hecho de que no nos pertenecemos, tendríamos que aceptar que ni nuestra razón ni nuestra voluntad deberían guiamos en nuestros pensamientos y acciones. Si no somos nuestros, no hemos de buscar satisfacer los apetitos de nuestra carne. Si no somos nuestros, entonces olvidémonos de nosotros mismos y de nuestros intereses todo cuanto nos sea posible.  Pertenecemos a Dios; por lo tanto, dejemos de lado nuestra conveniencia y vivamos para Él, permitiendo que Su sabiduría guíe y domine todas nuestras acciones. Si pertenecemos al Señor, dejemos que cada parte de nuestra existencia sea dirigida hacia Él. Ésa debe ser nuestra meta suprema.

3. ¡Cuánto ha avanzado aquel hombre que ha aprendido a no pertenecerse a sí mismo, ni a ser gobernado por su propia razón, sino que rinde y somete su mente a Dios! El veneno más efectivo que lleva a los hombres a la ruina es el hecho de jactarse en sí mismos, en el poder y la sabiduría humana. La única salida para zafarse de este autoengaño es sencillamente seguir la guía del Señor. Nuestro primer paso debería ser el de aplicar todo nuestro poder al servicio del Señor.

4. El servicio del Señor no solo implica una auténtica obediencia, sino también la voluntad de poner aparte los deseos pecaminosos y rendirse completamente al liderazgo del Espíritu Santo. La transformación de nuestras vidas por medio del Espíritu Santo es lo que Pablo llama la renovación de la mente. Éste es el verdadero principio de la vida, el cual los filósofos de este mundo desconocen. Los filósofos paganos ponen la razón contra la única guía de la vida, de la sabiduría y la conducta, pero la filosofía cristiana nos demanda que rindamos nuestra razón al Espíritu Santo, lo que significa que ya no vivimos más para nosotros mismos, sino que Cristo vive y reina en nuestro ser. Romanos 12:1; Efesios 4:23; Gálatas 2:20.

Tomado de El libro de oro de la verdadera vida cristiana de Juan Calvino

NO HAY FELICIDAD SIN DIOS

Publicado: septiembre 29, 2009 en JUAN CALVINO, VIDA CRISTIANA

luz árbol

1. En primer lugar, la Escritura nos llama la atención al hecho de que si deseamos sosiego y tranquilidad en nuestras vidas, tenemos que rendimos a nosotros mismos y todo aquello que tenemos, a la voluntad de Dios. Al mismo tiempo, y puesto que es nuestro Salvador y el Señor de nuestras vidas, deberíamos también rendir a Él todos nuestros afectos. Nuestra naturaleza camal, en su forma natural, desenfrenada y codiciosa, anhela las riquezas y el poder, el honor y la vanidad, y todo aquello que llene nuestra existencia de una pompa vacía e inútil. Por otra parte, tememos y aborrecemos la pobreza, la oscuridad y la humildad, y tratamos de evitar estas cosas por todos los medios posibles. No es difícil ver en nuestros días como la gente se afana, siguiendo los deseos y dictados de su propia mente, para conseguir todos aquellos objetos que su ambición y codicia les demandan.

2. Los creyentes hemos de tener siempre presente el hecho de que todo lo que comprende y rodea nuestra vida depende únicamente de la bendición del Señor. A veces pensamos que podemos alcanzar fácilmente las riquezas y el honor con nuestro propio esfuerzo, o por medio del favor de los demás; pero ténganlos siempre presente que estas cosas no son nada en sí mismas, y que no podremos abrirnos camino por nuestros medios a menos que el Señor quiera prosperamos.

3. Por otra parte, esta bendición nos abrirá el camino para que seamos prósperos y felices, no importa las adversidades que puedan venir. Aunque seamos capaces de obtener cierta medida de bienestar y fama sin la bendición divina, como sucede con mucha gente mundana, vemos que estas personas están bajo la ira de Dios y, por lo tanto, no pueden disfrutar de la más mínima partícula de felicidad. Así pues, llegamos a la conclusión de que no podemos obtener nada sin la bendición divina, y aunque pudiésemos lograrlo, acabaría siendo una calamidad para nuestras vidas. Reflexionemos entonces y no seamos necios en anhelar aquellas cosas que nos harían más desdichados.

No debemos estar ansiosos por obtener riquezas y honores

1. Si creemos que todo anhelo de prosperidad y bienestar debe basarse solamente en la bendición divina, y que sin ella sólo podemos esperar miserias y calamidades, también hemos de entender que no tenemos que estar ansiosos en tratar de conseguirlo todo apoyándonos en nuestra propia diligencia y aptitudes, dependiendo del favor de los hombres o confiando en la “buena suerte”. Esperemos siempre en el Señor; Él nos dirigirá de modo que podamos obtener la bendición que tiene reservada para nuestras vidas. Si esperamos en Dios, ya no tendremos que apresuramos para conseguir las riquezas y el honor por medios dudosos, engañando a nuestro prójimo o sirviéndonos de triquiñuelas, sino que antes nos abstendremos de estas cosas que nos apartan del camino de la voluntad de Dios. Pues ¿quién puede esperar la ayuda o la bendición divina sobre el fraude, el robo u otros actos deshonestos?

2. La bendición divina viene únicamente sobre aquellos que son puros en sus pensamientos y justos en sus hechos, influyendo en todo aquel que procura mantenerse alejado de la corrupción y la maldad. Todo creyente debe sentir deseos de permanecer apartado de la falsa ambición y la búsqueda inadecuada de grandezas y honores. Pues ¿no sería acaso vergonzoso confiar en la ayuda divina si al mismo tiempo estamos en medio de asuntos que contradicen Su Palabra? Lejos está de Dios prosperar con Su bendición al que antes ha maldecido con Su boca.

3. Finalmente, si no tenemos el éxito que esperamos no debemos impacientamos ni detestar nuestra condición, cualquiera que ésta sea, porque esta actitud denota una rebelión contra Dios, quien reparte a cada uno según Su sabiduría y santa voluntad.

En conclusión, aquel que retiene la bendición de Dios de la forma que hemos descrito, no irá detrás de aquellas cosas que el hombre mundano codicia, y no usará aquellos métodos de los cuales ya sabe que no va a sacar provecho. Por otra parte, un verdadero cristiano no deberá atribuir ninguna prosperidad a su propia diligencia, trabajo o buena suerte, sino que ha de tener siempre presente que Dios es el que prospera y bendice. Si solamente ha podido hacer pequeños progresos, o se queda atrás mientras los otros siguen adelante, deberá sobrellevar su pobreza con tranquilidad y moderación, y no con la rebeldía y exasperación con que lo hace un hombre del mundo.

4. El verdadero cristiano posee una dulce consolación que le proporciona más satisfacción que el mayor de los bienestares humanos, pues está convencido de que todos sus asuntos son regulados por el Señor según Su eterno propósito para los Suyos. David, quien seguía a Dios y se rendía a Sus ordenanzas, dijo lo siguiente: “Jehová, no está envanecido en el corazón, ni mis ojos son altivos; no ando tras grandezas, ni tras cosas demasiado sublimes para mí. Sino que me he calmado y he acallado mi alma como un niño destetado de su madre; como un niño destetado está mi alma” (Salmo 131: 1-2).

Tomado de El libro de oro de la verdadera vida cristiana de Juan Calvino.